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En el callejón

El tipo estaba tumbado en el suelo, boca abajo. Más muerto que mi bisabuela. Iba vestido con una especie de mallas de color azul, botas del mismo color y una capa roja que le había quedado arrugada, tirada a un lado, como si quisiera escaparse de la realidad.

-¿Qué ha pasado? –le pregunté al policía de uniforme que había al lado.

-No lo sé, inspector. Pasábamos con la patrulla por la calle de arriba, hemos visto al vagabundo encima de el, y hemos venido.

-¿El vagabundo? –dije levantando la vista.

-Ese –me señaló el uniformado.

“Ese” era un tipo bajito, delgado y con barba de unos cuantos días. Iba vestido con harapos que le colgaban como si fuera uno de esos primitivos cubiertos de pieles. Estaba apoyado contra la pared, muy quieto, mirándolo todo como si no lo viera. Le temblaban las manos y el olor, mezcla de alcohol barato, meados y sudor, se apreciaba desde una distancia notable.

-Iba volando, señor. Volaba –me dijo- Se acercó volando por ahí y de pronto entró en barrena…

-No soy un señor, soy el inspector Ramos.

-Sí, señor. Eso digo, que volaba.

-¿A qué altura? –pregunté sin perder el sentido del humor. Me volví y le pregunté al agente uniformado- ¿Cómo te llamas?

-Gálvez, inspector.

-Gálvez. ¿Le has tomado declaración al señor…?

-No he logrado averiguar cómo se llama, pero sí, le he tomado declaración, aunque…

-Ya. Ya veo. No es de mucha ayuda. ¿Y qué te ha dicho?, ¿qué volaba?

-Sí, sí señor inspector. ¿Quiere que la haga la prueba de alcoholemia? –Miré de arriba abajo al agente. Era joven, claro, muy joven. De la nueva hornada de policías sacados de la lista del paro. Si no me hubiera dolido el estómago, si continuara fumando como siempre y si no me hubiera peleado con mi mujer me habría hecho gracia- No hijo, no hace falta que le hagas la prueba de alcoholemia y más vale que no fumes cerca de él.

-¿Qué no fume?… sí, señor inspector.

-Vamos a ver –me acerqué otra vez al vagabundo- Dice usted que volaba.

-Sí, sí, señor. Por mis muertos que volaba.

-¿Y dígame?, ¿cayó en picado o planeaba con suavidad? –oí una risa a mis espaldas. Era de noche. No había más gente en la calle que el agente joven y otro un poco más lejos, cuidando el coche.

-Yo más bien diría que entró en barrena –dijo el vagabundo poniéndose muy tieso, como se ponen los bajitos.

-¿Le vio usted caer?

-Como una piedra.

-¿Y voló antes o después? –dije y oí de nuevo la risita. Me volví y fulminé con la mirada al agente de uniforme.

-Perdon, inspector.

-Antes, señor. Apareció por allí –señaló en una dirección muy ambigua- vino directo hacia mí y de pronto… entró en barrena.

-¿Bebe usted? –pregunté por decir algo. En realidad tenía que hacer tiempo hasta que llegara el juez.

-¡Por supuesto! –exclamó el vagabundo. Me alejé un poco de él, en parte para respirar y me fui hasta el cadáver agachándome para verlo de cerca. La farola daba suficiente luz. Era un hombre, eso parecía, de elevada estatura, musculoso, con el pelo de un negro intenso. Una mano la tenía debajo del cuerpo, pero la otra estaba extendida, la palma hacia el suelo y era una mano grande, de dedos largos, finos y cuidados. No parecía un chiflado cualquiera. No podía tocar nada, así que me dediqué a mirar a su alrededor. Bajo la cabeza, una mancha de sangre oscura se había detenido hacía rato formando un charco espeso, de formas redondeadas. No había huellas de golpes en la pared, ni arma alguna, ninguna huella visible. Al momento empezaron a llegar más patrullas y una ambulancia.

-Gálvez, que no pise nadie por aquí hasta que llegue el señor juez, ¿de acuerdo?

-A sus órdenes, señor inspector.

-A ver –me planté ante al vagabundo- ¿Cómo se llama usted?

-Pues sí, eso. Volando.

-¿Se llama usted volando?

-No, yo no.

-¿Sabe qué? Nos vamos a sentar aquí los dos, hasta que venga el juez. ¿Le parece?

-¿No tendrá usted un cigarrito?

-Pues no. He dejado de fumar ¿Y usted?

-No. Yo no lo he dejado –me dijo muy serio- ¿Y un trago?, ¿tiene usted un trago?

-Pues ahora mismo no. –me excusé- Pero le prometo que luego nos vamos al primer bar abierto y nos tomamos unas copas.

-No, gracias. Sólo bebo vino.

-Pues unos vinitos. Encantado, me llamo Ramos –le tendí la mano. Me la estrechó y noté una piel rugosa, como la de un papel de lija.

-¡Ah!, señor Ramos –exclamó como si me recordara- Yo soy… bueno me llamo… ja –soltó una risa- ¡No me acuerdo! ¡Hay que joderse!

-¿Vino por allí?– le señalé el callejón.

-Eso es. Por allí, como una flecha –hizo un ruido como del viento- llevaba las manos por delante de la cabeza –se puso los puños por delante- Así y venía de prisa.

-¿Por ese balcón? –señalé el primer piso.

-Nooooo –abrió mucho la boca- Más alto, más alto, lo menos por el tercero. Era rápido, fuuuuuuu, como el viento…

-Y se dio con la pared.

-No. Nada de eso. Iba por en medio, lejos de la pared. Se paró en seco, ¡paf! Y luego cayó, en barrena, ¿sabe? Serví en la aviación.

-¿Ah, sí? Yo también.

-En los hidroaviones de Sóller. Eso es, Sóller.

-Entonces sabe de lo que habla –le dije impresionado. A nuestro alrededor se había formado un corro; los dos agentes, otra media docena más de compañeros de paisano y de uniforme, un par de enfermeros. Era como si estuviéramos en el circo.

-Sí señor. En barrena, como una piedra, brrrrrrrrrr, ¡paf!

-Pregúntele si se oía el motor. –dijo una voz. Me volví cabreado y corté las risas en seco.

-¿Le había visto alguna vez? –pregunté.

-En el cine –dijo otra voz y luego estallaron las risas. Me levanté realmente furioso y hubo una especie de estampida.

-Inspector –dijo una voz conocida.

-Señoría –Era el juez Márquez, acompañado de Rodri, el forense. No tenía con el juez una especial relación, pero había trabajado con él en alguna otra ocasión. Viejo, veterano, socarrón. En fin, de confianza.

-¿Qué ha averiguado? –me preguntó.

-Que volaba –dijo alguien en voz muy baja.

-Poca cosa señoría. Sólo hay un testigo, pero es como si no hubiera nadie.

-¿Es ese?

-Sí, señoría.

-Habría que lavarlo antes de llevarlo a declarar.

-Y antes de encerrarlo, también, señoría.

-¿Qué le ha dicho?

-Poca cosa –contesté mientras el juez se acuclillaba ante el cadáver.

-¿Ha comprobado si está muerto?

-Era obvio, señoría. He preferido no tocarlo.

-Ya. ¿Ha encontrado algún arma?

-Nada. Yo diría que se ha caido de algún balcón o una terraza. –el juez miró hacia arriba.

-No hay balcones y por lo que parece eso es un tejado. ¿Andaba por el tejado?

-Algo así, señoría.

-¿Y qué dice su testigo?

-Que volaba. –me volví como un rayo antes de que empezaran otra vez las risas.

-Ya. Puede que volara, pero no lo bastante bien.

-Eso creo yo –afirmé corrborándole. El juez hizo una seña a los enfermeros.

-Denle la vuelta por favor.

Los dos chicos se acercaron y volvieron el cuerpo con todo el cuidado del mundo. La cara me resultó conocida; este tipo lo he visto yo, me dije, pero permanecí mudo. Para qué liarlo más.

Llevaba un rizo oscuro sobre la frente y la cabeza medio hundida por un buen golpe, pero lo que más me llamó la atencion fue la gran ese roja sobre fondo amarillo.

-Lo sabía –dijo el vagabundo- Tenía que ser él.

Escritor. Autor de "El heredero del diablo", "Espías y la guerra secreta", "Nzere Kongo. Viaje a la cuna del mal" y "La ruta de los contrabandistas".

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