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Franco, exposición, Barcelona

Al que se le ocurrió la genial idea de colocar la estatua de franco en la calle, frente a la exposición sobre el franquismo en Barcelona habría que darle una medalla a la estupidez, como a los ediles de aquel pueblo que colocaron una marquesina sobre el reloj de sol para que no se mojara cuando llovía. Da igual que el caudillo llevara cabeza o no, pero el caso era provocar para que los nacionalistas de uno y otro bando la liaran, como así fue. Para los que vivimos y sufrimos el franquismo maldita la gracia que nos hacía la dichosa exposición, pero colocar la estatua ahí enmedio ya era rizar el rizo de la insensibilidad y la tontería. Me alegré que quitaran la estatua, cuando la quitaron, que ya ni me acuerdo de dónde estaba, pero también me alegraría que quitaran la del general Prim, el tipo que ordenó bombardear Barcelona (parece que nadie se acuerda) y en general todas las estatuas de un tío a caballo que, por cierto, adornan todas las ciudades que conozco, las de aquí y las de allí, como si siempre tuviéramos que estar alabando las hazañas de la caballería olvidándonos de la gente de a pie. Y no estaría más, de paso, quitar la estatua del señor Antonio López, ilustre esclavista y traficante de seres humanos, que adorna una placita con su nombre. Y no entremos en la superficialidad de empezar a cambiar los nombres de las calles porque, al fin y al cabo, a la ciudadanía le importa un pito si Alí Bey tiene una calle o quién demonios era Abd el Kader.
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