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MI LADO OSCURO

Una novela original de José Luis Caballero

I

 

Un corazón humano puede durar hasta dos meses metido en la nevera. Claro que este ya lleva casi mes y medio, así que tengo que decidir enseguida qué hacer con él. A decir verdad no es demasiado humano, cuarenta y dos años de mala leche, bilis destilada y maldad. Sí, ya sé que la bilis viene del hígado o de por ahí y que el concepto de maldad es muy relativo, pero el tipo en el que ha latido el corazón se merecía que se lo arrancaran en vivo, así que aún tiene que darme las gracias por quitárselo una vez acribillado a balazos.

En la nevera hay poca cosa más; un par de cervezas, un bocadillo de queso a medio consumir y algo de un color verde oscuro realmente misterioso, aunque desde luego no es la víscera de nadie. El corazón lo tengo en un gran invento llamado tupperware, una especie de recipiente grande, de esos con tapa hermética y la razón no es otra que justificar el trabajo ante el tipo que me ha contratado. La cosa fue así. El me pagó la mitad por adelantado, veinte mil euros, a condición de que el cadáver desapareciera y le trajera el corazón como prueba de la faena. Claro que podía haber optado por hacerle una foto de esas digitales, pero el cliente quería su corazón. Bueno, creo que el que se está justificando soy yo, porque en el fondo viendo el despojo en mi nevera empiezo a pensar que tal vez no era necesario.

No soy un sentimental, desde luego, mi profesión no lo permite, pero todo en la vida requiere una cierta ética y no está bien mandar al otro barrio a una persona sin corazón, aunque el pájaro en cuestión no lo tuviera desde hace años. Metáforas. El corazón no dice nada, es una masa roja y sanguinolenta que, en sus mejores momentos, se mueve compulsivamente, él solo, y no existe nada de eso que se le atribuye, de nido de sentimientos y cosas así. En la cárcel coincidí una temporada con un poeta, un tipo que escribía cosas de esas como “mi corazón late por ti” y pijadas semejantes. Decía, en sus momentos de trance, que el corazón le rebosaba amor y seguramente –no lo decía– también odio. El caso es que su vena poética no le había impedido asesinar a su mujer y a un agente de seguros a los que pilló en su propia cama manoseándose partes del cuerpo más a la vista que el corazón. También hay que ser tonto para meterse en la cama de alguien a pleno día. Nunca en casa, esa es la primera regla, una regla que ella, la esposa, se saltó a la torera, seguramente por lo que se conoce como “un apretón”, aunque maldita la gracia de tener un apretón con un agente de seguros. Me da la impresión de que debe ser algo así como ver la televisión sin encenderla; sí, se podría llamar ver la tele pero no es lo mismo, ¿no?

Volviendo a lo del corazón. Liquidé al tipo en una playa pequeña, cercana a Castelldefels, provincia de Barcelona, a la sombra de una fábrica de cemento. Me creyó cuando le dije que alguien quería hablar con él y arreglar el asunto. No entiendo por qué me creyó dado que el muerto –entonces era presunto muerto– era un tipo de cuidado. Todo el mundo le llamaba René; René el francés, y aunque era un individuo atractivo para las mujeres tenía la cara más peligrosa que yo había conocido nunca. Bien, de caras peligrosas mejor no hablar. Una vez una furcia con la que acababa de follar me dijo que yo tenía los ojos más fríos y crueles que había visto nunca. Me cabreé porque a nadie se le puede decir eso aunque acabe de echar un polvo y esté relajado, fumándose un cigarrillo. Seguro que no volvió a decírselo a nadie nunca más porque le corté las comisuras de los labios hasta hacerle el agujero de la boca el doble de grande, para que pudiera hablar más y de paso chuparla con más soltura.

A René no le di oportunidad. Nada más ver que se acercaba le vacié el cargador de la Glock nueve milímetros, trece balas. Es una gran pistola, potente, fácil de manejar, de esas que llaman de guerra y usan los polis en las series de televisión. Los austriacos saben hacer las cosas. Era de madrugada, un día frío, así que por allí no había ni dios y aunque me costó lo suyo subirle hasta el camino de tierra donde había dejado la furgoneta, no me molestó. Cuando hay que hacer una cosa se hace. Luego puse en marcha el resto del plan, preciso como un reloj. En la furgoneta tenía todo lo necesario y nadie se iba a fijar en aquellas horas en una vieja Mercedes aparcada en un polígono industrial.

No he dicho que mis profesiones son variadas pues, además de solucionador de problemas también soy lo que se llama ayudante técnico sanitario, fijaciones de mis padres, y he tenido siempre, desde muy joven, una facilidad innata para los idiomas, cosa en extremo curiosa si se tiene en cuenta que mis padres lo más lejos que han viajado en su vida ha sido a la capital de la provincia. En la cárcel estuve destinado mucho tiempo en la enfermería hasta que se me fue la mano con un violador convicto y confeso y le tuvieron que suturar el escroto con veintitantos puntos, dejándole todo el sistema prácticamente inservible. Aquello me valió que me quitaran los privilegios, una celda de aislamiento y una acusación de lesiones y no sé qué más, pero también una fama impagable dentro de un local y unos inquilinos modélicos como los de la cárcel de Carabanchel de Madrid. El caso es que mis conocimientos de anatomía, mi manejo autodidacta del bisturí y mi capacidad de organización me fueron de mucha utilidad también con el francés.

El cuerpo de René lo abrí con cuidado, intentando no hacer una chapuza, y le saqué el corazón aún caliente. Era un mal tipo y en realidad acepté el trabajo no sólo por los cuarenta mil pavos sino porque la fama de René como asesino de niños, violador, maltratador de mujeres y otras aficiones diversas le hacían merecedor de algo malo. Se decía que cuando su mujer había intentado abandonarle, harta de su violencia y asustada por sus amenazas, la hizo desnudar y la penetró con el cañón de una recortada para luego apretar el gatillo. Uno tiene su ética y eso, de ser verdad, era suficiente para meterle las trece balas en el cuerpo. El hecho de que le acribillara en la arena de la playa hizo que se desangrara lo suficiente como para que la operación en la furgoneta no fuera demasiado espectacular. El bisturí no se me da demasiado mal, aunque no se puede decir que sea un especialista en trasplantes. Corté por donde buenamente pude y me hice con la pieza que mi cliente había pedido.

Los problemas se presentaron después. No ese día, porque todo lo demás siguió funcionando bien; el vertedero de Garraf, mi contacto en una de las puertas, el incinerador. Todo fue como la seda hasta que al hacer la llamada para concertar la cita nadie contestó al otro lado de la línea. Aunque al tipo para el que había hecho el trabajo no le había visto nunca, yo me las arreglé para averiguar quién era, siempre lo hago; de qué pie calzaba y cómo se llamaba su señora madre, por decir algo. Todo. Cuestión de profesionalidad. La información es el poder y no me gusta eso de trabajar para alguien a quien no puedes pedir cuentas. Es como comprar por Internet, nunca sabes a quién reclamar si algo no funciona. En todo asunto, mientas sea posible, hay que dar la cara. Ese es mi lema.

René está muerto y bien muerto. Su cadáver se ha volatilizado entre la mierda de los barceloneses, por las chimeneas de Garraf, como si fuera un puñetero judío de los años cuarenta y yo tengo su corazón en la nevera, como quien tiene una tarjeta de crédito de la que sólo necesitaba la clave de acceso. Pero mi cliente no ha hecho el ingreso por el resto del dinero y no se pone al teléfono. Naturalmente no puedo dejarle mensajes y las llamadas las hago siempre desde teléfonos de prepago, nunca el mismo, así que no me quedan muchas opciones.

Hoy, domingo por la mañana, un mes y medio después de dar por terminado el trabajo, me encuentro ante la puerta de la nevera, pensando en mi mala suerte y en cuál debe ser mi siguiente paso, porque eso sí. Yo soy una persona muy positiva. Todo tiene arreglo.

 

A las nueve de la mañana del lunes, como un clavo, estoy en la sede de la Compañía de Seguros con un paquete del tamaño de una caja de zapatos primorosamente envuelto en papel de regalo.

–Monsieur Sebastián Nogué –digo con acento francés.

–De parte de quién –pregunta la chica. Es fea, aunque no excesivamente, delgada, con el pelo castaño claro, primorosamente cortado y con esa mirada que parece que te atraviesa, no de agresividad, sino de pasar de ti, como si siempre estuviera mirando al infinito.

–De René.

–¿Tiene usted cita?

–Pues no. Pero no se preocupe. Usted dígale que René quiere verle y verá como me recibe. Es para traerle un regalo.

–Lo siento, señor René, pero tengo órdenes muy estrictas. El señor Nogué está…

Supongo que iba a decir está reunido o está ocupado o está en el lavabo, pero se corta cuando doy la vuelta a la mesa y sin perder la sonrisa le susurro al oído sin perder el acento: Escúchame bien, zorra, llámale ahora mismo y dile que René, sin señor, quiere verle o te esperaré a la salida, te llevaré a casa y te abriré otra boca en tu hermoso cuello después de enseñarte a respetar a los clientes…

La ventaja de trabajar para alguien notorio es que puedes encontrar fácilmente información y por lo general son tipos bastantes torpes en lo que se refiere a la discreción. Me estoy refiriendo, claro, a personajes de medio pelo, porque cuando hablamos de pájaros como Bill Gates o el extinto Emilio Botín es obvio que si quieren desaparecer de los periódicos, desaparecen. Se compran el periódico y ya está. Pero mi cliente, a pesar de ser un tío importante, no cabe duda, también se podía clasificar como un nuevo rico con negocios unas veces legales y otras no tanto, conexiones políticas, amistades peligrosas y veleidades como las de aparecer en las revistas con las putas de moda y codearse con los cocineros, los diseñadores y los directores de cine del momento. La secretaria se me ha transformado de recepcionista en receptiva y se levanta de la silla con una palidez enfermiza, temblando como una hoja al viento y creo yo que a punto de desmayarse.

–Vamos. ¿Qué esperas?, le apremio.

Me mira como si viera a un extraterrestre pero se mueve, rápida, y sale volando, conmigo detrás, hacia el despacho cerrado con una puerta de esas de doble hoja y madera oscura.

 

–¿Qué pretende? –dice Sebastián Nogué nada más verme– Usted no es René.

Es un fulano de esos acostumbrado a hablar sólo con los de su clase. De un cabezazo discreto echa fuera a la secretaria y no hace ademán de decirme que me siente, ni nada por el estilo. No soy de su nivel, así que hay que tomar posiciones. Dejo sobre la mesa la caja envuelta en papel de seda, saco el paquete de tabaco y ante el cartelito ese ridículo de un cigarrillo atravesado por una línea roja enciendo el mío tranquilamente. La Glock me aprieta en la espalda, metida en el cinturón, pero considero que no es el momento –todavía– de enseñársela al señor Nogué. Ya llegaremos a eso.

–No, desde luego que no soy René –digo tras unos minutos para dejarle que piense– Es obvio que no y le aseguro que lo sé no sólo porque me conozca muy bien a mí mismo, ¿me ha entendido?

Creo que me entiende. Parece un tipo listo y se queda mirando como hipnotizado mientras yo deshago el paquete colocado sobre su mesa.

Cuando abro la caja, los ojos se le abren a él como si se le fueran a salir y de pronto su color rosado, rebosante de salud, se transforma en un amarillo mate. Se sienta, o se cae, sobre el vistoso sillón de cuero negro y oigo algo así como un ronquido, como si le faltara el aire. Boquea un par de veces y por un momento me entran ganas de darle aire o hacerle la respiración artificial antes de que aquello acabe mal. Hay quien puede pagar para que le quiten de en medio a alguien y luego se desmaya cuando ve un poco de sangre, aunque sea en el bistec que se va a comer.

–No me pregunte que cómo va a saber si es del francés. Se lo aseguro y no tengo por qué mentirle.

–Quite eso de mi vista –dice en voz baja, aunque no capto si me da una orden o me hace una súplica. Me limito a tapar la caja y a apagar el cigarrillo sobre el cristal de la mesa. Tal vez debería haberle traído la cabeza.

–Me debe usted veinte mil euros y no me gusta nada el hecho de tener que venir sin invitación. Pero no se ponía usted al teléfono. Naturalmente las molestias, los peligros a que me he enfrentado por su falta de seriedad y mí tiempo tienen un precio, por lo que ahora serán treinta mil. ¿Me ha entendido?

No dice nada, mientras trata de recuperar aire, supongo que me ha entendido, pero hay determinadas señales que indican ciertas dificultades para cobrar. Y me las conozco todas. Yo nunca me he considerado muy inteligente, la verdad, pero sí un tipo listo. Aprobé la carrera de ayudante técnico sanitario aprovechándome de mi capacidad de disimulo, de la soledad y frustración de una catedrática cuarentona y de algunos artilugios electrónicos de esos que me chiflan. No obstante, me doy cuenta enseguida que el señor Nogué me va a traer dificultades. Sudores, el cuello de la camisa que le aprieta, la mirada perdida. En fin, lo que se llama habitualmente miedo.

–Verá. No me ha sido posible… –dice. Ha llegado el momento de la verdad. Me siento sobre la mesa, cerca de él y le muestro la Glock, despacio. No creo conveniente hacerle daño, no daño físico quiero decir. No me gusta dejar huellas innecesariamente. Le dejo que mire la pistola un instante y luego la monto.

–Coja el teléfono y dígale a su secretaria que no le moleste nadie en la próxima media hora.

Lo hace, farfullando más que hablando.

–¿Se ha creído que esto es la sección de oportunidades de Ikea?, –le digo con amabilidad– ¿qué le voy a hacer un descuento del cincuenta por ciento? Yo no voy a perder, ¿sabe?

–No he podido reunir el dinero –dice de corrido, sin dejar de mirar la pistola.

–Ya –echo un vistazo al lujoso despacho. Sillones de cuero, cuadros con pinta de caros, una biblioteca con libros encuadernados, cortinas con aspecto señorial. No, este sitio no es nada pobre– Cuénteme otra cosa.

–Yo sólo trabajo aquí. Es mi padre, como ya debe saber…

–Una bala de éstas –le pongo el cañón sobre la frente– a esta distancia le hace polvo la cabeza, ¿sabe? ¿No ve usted películas? Nueve milímetros, sin camisa metálica, lo que quiere decir que el plomo se le derrite en el cerebro y hace un gran destrozo. No tendrá solución una vez dispare, ¿entiende? Yo me quedaré sin mi dinero, pero en realidad ya estoy sin mi dinero, así que, ¿qué me importa?

De pronto huelo a orines. ¡Buena señal! Sobre el pantalón gris claro se está extendiendo una mancha, así que empezamos a entendernos.

–Estoy sin liquidez –murmura.

–Yo no lo diría –digo con sentido del humor, aunque creo que no me entiende– Le diré lo que vamos a hacer…

Guardo la pistola y me pongo en pie. El olor es muy fuerte y le hago un gesto de desagrado. Le miro mientras voy encajando las piezas del nuevo plan.

–Está usted casado, ¿verdad? –el hombre asiente. No puede negarlo desde luego. Sólo se hacen preguntas cuando se sabe la respuesta– Bien. Pues haremos una cosa. Usted reúne mis treinta mil euros para mañana a esta hora. ¿De acuerdo? Yo vendré aquí a recogerlos. Si no está mi dinero, si hace usted algo que no me guste, si alguna cosa cambia en su vida de un modo imprevisto, si me pongo nervioso… mataré a su mujer, mataré a su hija, ¿qué tiene?, ¿quince años? y la violaré, no sé en qué orden, la verdad. O las violaré a las dos, tal vez… –mientras me mira aterrorizado le recito la dirección de su casa y de la casa de los padres de él en Sant Cugat del Vallés, el colegio de la niña cerca de Dublín y hasta la casa de sus suegros en un pueblo perdido en Aragón. Me da la impresión que es suficiente por el momento. Siempre habrá tiempo de presionar más.

Se echa a llorar. Buena cosa, vamos bien. Es curiosa la cantidad de fluidos que tiene una persona en el cuerpo. Si te pones a hacer el recuento te salen una veintena. De momento Sebastián Nogué ya me ha mostrado tres, el sudor de la frente, la meada y las lágrimas, o quizá cuatro si añadimos un ligero reguero bajo la nariz.

–¡Por favor! Tendré el dinero, lo tendré, pero tiene que darme más tiempo.

–¿Más tiempo? Me la quería pegar. Ha pasado de mí. Ha incumplido el trato y ahora me pide más tiempo. No hay más tiempo –digo endureciendo la voz. Me estoy empezando a poner de malas– tiene veinticuatro horas. Y piense en esto, cuando acabe con su mujer y su hija le mataré a usted, pero antes le dejaré tiempo, mucho tiempo, para que goce de sus recuerdos.

Me voy hacia la puerta y me vuelvo hacia él antes de salir. El señor Nogué está lívido.

–¡Ah! Hablando de recuerdos. Puede quedarse con eso.

CONTINUARÁ