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UN RELATO NEGRO.

Los vecinos nunca entienden nada

José Luis Caballero

Por encima de la persiana metálica echada parpadeaba el letrero de Sony, con su azul hiriente, sin acabar de encenderse o apagarse de una vez. El resto de la calle estaba muy oscura, salvo el círculo casi perfecto de la farola. Ligeros copos de nieve danzaban llevados por el viento, deshaciéndose nada más tocas el suelo, húmedo y viscoso. Desde el interior del portal, Ernesto podía ver la acera de enfrente en toda su longitud, fría y desierta, hasta sumergirse a los lejos, donde debía estar la carretera. Justo frente a él, al otro lado de la calle, se habría el gran portalón de un viejo edificio casi en ruinas. En la sucia fachada, de un color gris veteado de óxido, sólo se veía una luz, como colgada en lo alto donde la oscuridad del edificio se confundía con la noche.
Se subió el cuello del abrigo y luego se frotó las manos tratando de hacerlas entrar en calor. El aliento se le condensaba delante de la cara formando una nube grisácea que se resistía a ascender. No había niebla y en lo alto de los edificios la luz de algunas ventanas se filtraba a través de las rendijas de persianas cerradas a cal y canto. Durante un buen rato se quedó con la mente en blanco mirando el letrero trémulo hasta que empezó a ponerle nervioso. Rebuscó en el bolsillo del abrigo y sacó el paquete de cigarrillos casi vacío. Soltó una maldición cuando se dio cuenta de que no llevaba fuego y a punto estuvo de tirar con rabia la cajetilla.
Amparado en la oscuridad del portal, trató de imaginarse la escena. Ella llegaría desde la carretera. Seguramente llevaría su abrigo negro y el pañuelo floreado. Vendría andando deprisa, pegada a la pared. Tendría que adivinar que era ella por la manera de andar, porque todo estaba demasiado oscuro para reconocerla de lejos. Pasaría por delante del círculo de luz del farol y entonces él cruzaría la calle en línea recta. Llegaría al lado de ella justo a tiempo, cuando pasara por delante del viejo portalón. Le diría algo, aunque no sabía qué y luego la empujaría hacia el interior del portal, oscuro y desierto. Estaba seguro de que ella no opondría resistencia; al fin y al cabo siempre le saludaba cuando se cruzaban en la escalera. Era una chica muy bonita.
Ernesto se puso a temblar cuando pensó en ella y sintió en el vientre una punzada casi dolorosa. Buscó de nuevo febrilmente en sus bolsillos tratando de encontrar una cerilla. A lo lejos vio moverse una sombra. No era ella. Era un hombre, un tipo tan solitario como él mismo. Hacía mucho frío y los pies se le estaban quedando helados.
Una vez dentro del portal, ella le dejaría hacer. Estaba seguro. Le saludaba todos los días, ¿no? A él nadie le saludaba. Arpías y envidiosos habían hecho correr la voz de que él perseguía a las chicas, pero no era verdad. Al menos no como ellos decían. En realidad las perseguía como todos los chicos persiguen a las chicas. ¿A quien no le gusta palpar unas algas aunque sea un instante? O arrimarse en el metro, sobre todo en verano, para notar en sus genitales el calor de la carne. Había mucho de envidia en los rumores. Envidia de su cuerpo, bien formado por la gimnasia, envidia de su inteligencia y por la suerte que tenía siempre en todo. En el bolsillo del pantalón sentía el peso de la navaja suiza. No era gran cosa, más una herramienta que un arma, pero suficiente si ella se ponía nerviosa. Desechó inmediatamente ese pensamiento. Ella le sonreía, le decía buenos días, buenas tardes y subía con él en el ascensor sin poner la cara de fastidio que notaba en ciertas personas.
Dentro de él, Ernesto estaba sintiendo un sin fin de sensaciones contradictorias. Le llamada del sexo era total y lo llenaba todo. Tenía una tremenda erección sólo de pensar que ella aparecería de un momento a otro. Eran poco más de las nueve, la hora en que ella salía del supermercado y no tardaría ni cinco minutos en aparecer por el fondo de la calle. También notaba miedo, pero se preguntó, ¿miedo a qué?, no iba a pasar nada. Elle le dejaría. Se dejaría tocar con gusto. No podía ser de otra manera. También notaba el frío y el rótulo apagándose y encendiéndose acabó por hacerle daño a los ojos. Se quitó las gafas y los cerró un momento, pero seguía viendo la calle oscura, el letrero parpadeando y sobre todo el cuerpo de ella, sus caderas envueltas en una falda cortísima y un jersey apretado que le marcaba todas las formas. Así era como más le gustaba, pero no podía esperar a que llegara la primavera. La decisión estaba tomada y todo planeado hasta el último detalle.
Y entonces la vio. Un coche pasó a buena velocidad, en dirección contraria a la que ella traía, y vio su silueta recortada contra la pared iluminada. Era ella, no cabía duda. El corazón se le disparó a cien por hora y metió con fuerza las manos en los bolsillos del abrigo. Fueron los segundos más lentos de su vida. Ella se acercaba deprisa, contoneándose como siempre. Llevaba el abrigo negro, pero el pañuelo había sido sustituido por una bufanda oscura que casi le tapaba la cara. Llevaba el bolso colgado al hombro y la cabeza baja, escondiéndose del frío. La vio pasar rápidamente por debajo del letrero de Sony y luego por debajo de la farola. Entonces, como disparado por un muelle, Ernesto saltó a la calzada y cruzó la calle.
Había calculado incluso las zancadas que tenía que dar, dieciséis, antes de alcanzar la acera contraria. Ajustó mecánicamente la velocidad a la de ella, que iba más deprisa de lo que había calculado, y llegó justo a su lado cuando alcanzaba el portón, oscuro como un túnel. ¡Hola!, dijo él temblándole la voz. Ella levantó la cabeza y se paró en seco. Ernesto creyó ver que su cara se iluminaba en una sonrisa, pero enseguida captó la expresión de extrañeza, en lo poco que la bufanda dejaba ver. ¿Qué haces tú aquí?, dijo ella. Ernesto creyó notar un punto de hostilidad en la pregunta, pero lo achacó a su propio miedo. En realidad ella siempre le saludaba y le sonreía en el ascensor, así que nada podía salir mal.
No se atrevió a decir nada y la empujó con suavidad hacia la oscuridad del viejo portalón. ¿Qué haces?, dijo ella levantando un poco la voz. La bufanda se cayó al suelo y Ernesto empujó a la chica con más fuerza hacia el interior. El sitio era amplio y muy oscuro. La escalera, muy ancha y vieja, trepaba a la derecha de la puerta y por la izquierda una larga pared llevaba hasta la puerta del patio trasero.
Ernesto hubiera querido hacer las cosas mejor, pero ella se resistía y temió que empezara a gritar. Sin pretenderlo del todo sacó la navaja del bolsillo y la abrió con ante los ojos de ella. Casi no había luz, pero la lejana farola o el letrero eran los responsables del halo mortecino que hizo brillar la hoja en la oscuridad. Ella se puso a llorar y se echó hacia atrás, pero Ernesto no entendía qué le pasaba. No tengas miedo, le dijo, no te voy a hacer nada malo, pero no puedes gritar; los vecinos, ¿sabes?
Ella debió pensar que se refería a los vecinos de aquel oscuro edificio, pero con suerte habría sólo una o dos viejas un poco sordas. El se refería a los vecinos de su vivienda. Aquella tropa de estúpidos que no entendería nada de nada si todo aquello llegaba a saberse. Y no podía saberse, de ninguna manera, así que se lo dijo a ella. Ernesto se enfadó muchísimo cuando le llamó degenerado y le dijo que era repulsivo, así que pensó que habría que perdonarle si le hizo un poco de daño con la bofetada. Ella quedó tendida en el suelo y Ernesto montó a horcajadas sobre su cuerpo para desabrocharle el abrigo. Lo hizo con cuidado, tratando de no estropearle los botones aunque las manos le temblaban muchísimo. Ella estaba quieta y lloraba, tal vez porque le asustaba la punta de la navaja colocada sobre su cuello, pero no tenía más remedio que hacerlo. ¿Por qué quería gritar?, ¿por qué le insultaba? ¿Por qué lloras?, le preguntó, si te gusto. Lo sé, siempre me saludas y mira, le enseñó el bíceps del brazo izquierdo que se notaba incluso bajo la tela del abrigo. El siguiente paso le fue más difícil. Ella llevaba minifalda, medias negras y zapatos bajos con cordones. No se preocupó de los zapatos, pero bajarle las medias, pantys, con una sola mano y sin soltar la navaja no era cosa fácil. Ella seguía llorando y eso le puso nervioso. Le gritó que se callara y le golpeó la cara con el revés de la mano. No estaba seguro pero creyó que ella sangraba por la boca o por la nariz. Ernesto se enganchó una uña en la media pero ya sólo tenía ojos para la carne blanca que iba apareciendo ante él. Todo se aceleró a su alrededor, como si de pronto todo el mundo tuviera mucha prisa. Bajó la mano con la que empuñaba la navaja y ella intentó moverse y gritar, pero le ahogó la voz con un feroz cabezazo contra la boca. Lo siento, se dijo para sí.
Las bragas las cortó con la navaja y entonces se dio cuenta de que ella se había quedado quieta. Así es mejor, ¿ves?, dijo en voz baja. Ella no respondió. Entró en su interior con furia, notando una fuerte resistencia, una sequedad que no se esperaba. Era muy estrecho, mucho más que cuando lo hacía con sus amigas de la calle Joaquín Costa. Ella no se movía pero Ernesto no echó de menos nada de lo que aquellas mujeres hacían o decía. Aquello era diferente. Silencioso, tranquilo se movió como si fuera una primera vez. Cuando terminó se dio cuenta de que había soltado la navaja, pero ella seguía quieta. No supo cuándo ni cómo lo había hecho, pero la camisa de la chica estaba rasgada y los botones brillaban en la oscuridad, esparcidos por el suelo. Le puso la oreja sobre el pecho y sintió alivio. Respira, se dijo. Todavía sangraba por la nariz y el bolso estaba caído con todo su interior desparramado.
Ernesto se puso en pie. Se sentía un poco mareado y se asustó cuando ella movió la cabeza y murmuró algo. La oyó gritar a su espalda cuando corría calle adelante. Tal vez se había enfadado. Lo que peor le sabía era que, quizá, cuando le viera al día siguiente ya no le saludaría ni querría subir con él en el ascensor.
La nieve había empezado a cuajar.

 

 

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