logo

UN RELATO NEGRO

MI LADO OSCURO

Una novela original de José Luis Caballero

Capítulo II

Si yo creyera en las gilipolleces yanquis del éxito y el fracaso es obvio que rozo la categoría de éxito porque en mi vida se acumulan más los aciertos que los fallos. Bueno, tampoco hay que exagerar. Estoy libre, fuera de la cárcel, aunque en libertad condicional; una posición económica sólida. ¿Qué más se puede pedir? Si a eso se añaden buenos contactos, algunos tipos que me deben favores y una profesión en alza como es la de asesino a sueldo, la verdad es que uno puede decir que la vida le sonríe.

Tengo veinticuatro horas para sopesar mis alternativas. Es obvio que el tipo puede reunir los treinta mil pavos, de eso no me cabe duda. La cuestión es si le he asustado lo suficiente. Son apenas las diez de la mañana, así que tengo tiempo de ejercer un poco de presión. En mi café Internet preferido descargo las fotos de la esposa y la niña que he encontrado en algunas revistas de esas de sociedad y las envío a la dirección de correo del señor Nogué. La muchachita es una monada, recién salida de la infancia, sonriente y aún con el feo uniforme del colegio muestra ya que es una chica guapa. En cuanto a la esposa, cuando le hice la foto debía llevar más dinero encima en joyas y ropa que lo que me debe su marido, y eso que la tomé por la mañana en una de esas salidas que las mujeres como ella definen como de “ir de compras”.

Ahora sólo me queda esperar un día. Desde luego mi cliente no va a llamar a la policía y estoy seguro que tendrá el dinero, aunque claro, siempre hay que tener en cuenta los imprevistos. Y un imprevisto puede ser que el señor Nogué tenga la peregrina idea de hacer salir a su familia y esconderla lejos de mí, pero la seguridad de que yo las vigilo sería suficiente. Al fin y al cabo es un tipo que se ha meado en los pantalones. Lo que nunca, nunca, se debe hacer en mi profesión es amenazar en vano. Jamás se debe dejar de cumplir las condiciones de un trato, ni bajar el listón de la exigencia. Treinta mil euros en veinticuatro horas o la vida de su mujer y su hija más la suya. Soy un profesional.

 

Mi estancia en la cárcel, para ser exacto, mis dos estancias en la cárcel, curiosamente no tuvieron nada que ver con mi auténtica profesión. La primera fue una verdadera estupidez, producto de la ignorancia y la juventud. Un ingenuo intento de meter un par de kilos de hierba desde Marruecos que se añadió a una condena anterior, en suspenso, por posesión con ánimo de venta. Esa segunda vez, el juez consideró que era suficiente y creyó oportuno encerrarme para que me diera cuenta que por aquel camino no iba bien. Lo que su señoría no sabía es que yo había viajado a Marrakesh, no con la intención de subirme dos kilos de mierda, sino para cumplir mi primer trabajo profesional, la liquidación mediante arma blanca de un constructor español que hacía alguna cosa que no debía gustar a alguien relacionado con la casa real marroquí o con sus amigos. Nunca lo supe exactamente.

Ese trabajo lo obtuve, como casi todos los buenos trabajos en la vida profesional, por una recomendación. Alguien dijo que yo era un tipo serio, concienzudo y discreto y me llegó. Así de sencillo. Si algo se me da bien, ya lo he dicho, es la discreción. Nunca hago nada a la ligera, nunca improviso y si no lo veo claro, inmediatamente desisto. Un ejemplo. Cuando esperaba a René lo tenía todo controlado. Si hubiera llegado con alguien, me escondo y me abro. Si hubiera cruzado alguien por el camino en aquel momento, lo mismo. Si aparece un pescador, un paseante nocturno, una pareja, cualquier cosa que se sale de mis planes y de mis previsiones, lo dejo inmediatamente. El arma que uso no la tiro al momento porque sería más peligroso ir comprando una cada vez, pero la mía estoy seguro que no consta en ninguna base de datos y recojo los casquillos pulcramente, incluidos los trece de René.

Por lo que sé, en Marrakesh alguien necesitó de eso tan eficaz que es quitar de en medio a la persona que está molestando y quería alguien no profesional, para evitar que pareciera lo que era, un ajuste de cuentas, pero al mismo tiempo alguien digno de confianza. Eso es exactamente lo mismo que cuando en otras profesiones se pide a un joven con experiencia, ¿cómo se va a ser joven con experiencia? Es una estupidez como también lo era confiar en un jovenzuelo como yo para un trabajo como aquel. Yo no soy un asesino gratuito, quiero decir que no voy por ahí matando a la gente por placer o porque no tengo nada mejor que hacer. Salvo la primera vez.

Le sorprendí en un callejón, de noche y con todas las facilidades a mi favor, entre ellas la de un país donde, a pesar de lo que digan, la policía brilla por su ausencia. Ni me vio venir y aunque tuve que colocarme delante de él para asegurarme de que no me equivocaba de individuo, no tuve ninguna dificultad en clavarle la navaja entre la cuarta y la quinta costilla. Tengo buen pulso y soy rápido aunque no muy fuerte. Nunca me han gustado los gimnasios.

 

Ese fue mi primer acto profesional, pero había otros anteriores. La primera persona que maté, a los dieciséis años, podría decirse que fue una venganza, pero tal vez esa explicación sea demasiado simple. A partir de ahí, cogido el tranquillo del oficio, se convirtió para mí en un negocio, un modo de ganarme la vida más limpio de lo que se cree habitualmente.

El tipo de la primera vez era un viejo. Mi padre me había contado un día que aquel hombre con camisa blanca sin corbata, boina y traje de pana negra había matado a su padre, mi abuelo, al finalizar la guerra civil, en venganza por no sé qué. Hay un momento en la vida de una persona, o en el desarrollo de una personalidad en el que algo cambia de golpe, como si alcanzáramos un punto de no retorno o un quiebro en nuestra línea recta. Nada hacía pensar que yo pudiera llegar a ser, como ahora, un tipo que vive al margen o fuera de la ley. Ni siquiera yo lo hubiera podido pensar a pesar de que siempre andaba con la cabeza en las nubes. Era un chico con mucha imaginación y no le hacía ascos a montarme historias de violencia en las que la muerte de una persona no era algo extraordinario. Recuerdo que cuando mi padre me contó la historia del abuelo, observé durante unos días al viejo en cuestión. Daba la impresión de ser un tipo normal y estoy seguro que muchos otros hombres de su edad habían hecho cosas parecidas o peores, amparados por la guerra y sus consecuencias. El caso es que mientras le miraba, le seguía y averiguaba cosas sobre él fui trazando en mi cabeza un plan para matarle. No era más que un ejercicio intelectual, un modo de ejercitar la imaginación y la mente, pero de pronto, al cabo de unas semanas me encontré con que el plan estaba trazado, que era perfecto y estaba seguro de que nunca, jamás, se sabría qué había pasado. Confieso que fue un trabajo fácil. Era un viejo alcoholizado al que su propia familia odiaba, que no caía bien a nadie y al que su dinero no le había servido para hacer amigos, antes al contrario. Así que le observé durante varias noches para asegurarme de sus costumbres. Para ello, yo salía de incógnito de mi casa dejando encendidas las luces y la música en mi habitación, a la que nunca subían mis padres. Lo hice varias noches para asegurarme de que no me echaban de menos y también para cerciorarme de qué hacía mi víctima. Hasta que una noche vi la oportunidad. Oscuridad, una borrachera más grande de lo normal, el mismo recorrido de siempre. Le seguí hasta las cercanías del pozo que se erguía en el centro de la plaza. No había luces encendidas, ni paseantes o mirones en las ventanas; sí, un riesgo, lo sé, pero yo era muy joven. El pueblo es pequeño, apenas mil quinientos habitantes que se duplican en verano, con una plaza de esas porticadas por un lado y con la iglesia en el otro. El suelo, cimentado, se desliza ligeramente desde lo que llaman la parte alta, con las casa más pequeñas y viejas, hacia abajo, hasta topar con la iglesia que ejerce como de límite entre la zona pobre y la zona rica. El pozo, en el centro, es un viejo recuerdo de cuando la vida ciudadana giraba en torno a él a y a los poyetes que lo rodeaban, ahora desaparecidos, sustituidos por unos parterres resecos y desolados. La gente ya no ser reúne ahí, más bien lo hace ante la tele o todo lo más en la barra del único bar.

Aquella noche fue todo rodado y si hubiera habido cualquier cosa fuera de lugar no lo habría hecho, pero hubo una conjura de circunstancias, sin duda. Le golpeé con la polea del pozo, por si se descubría que había un golpe en su cabeza y luego le ayudé a caer al interior. Me había puesto unos guantes de trabajo, de esos de amianto, que encontré en las obras del canal cercano y luego borré mis pisadas en el polvo frotando los pies por el suelo. Me marché rápidamente, devolví los guantes y me metí en la cama sin que nadie notara que había salido de casa. Efectivamente, descubrieron el cuerpo en el pozo al cabo de muchos días, cuando nadie sabía ya dónde buscar a Roque, “el pajar”, como le llamaban en el pueblo, no sé por qué y a nadie se le ocurrió otra cosa que no fuera que él solo se había golpeado con la polea y se había caído al pozo. Uno a cero.

Nunca me ha preocupado por qué lo hice y si fue realmente una venganza o una de esas cosas que haces porque no tienes nada mejor que hacer. Pero seguramente en ese momento sucedió lo que contaba antes, eso del “clic”, el punto de inflexión en que la vida de uno da un giro copernicano y dejas de ser quien eras para pasar a ser otra persona. El único ser humano que, creo yo, llegó a sospechar algo, fue mi padre y seguramente, si es que lo sospechó, fue porque él mismo, en el fondo, hubiera querido hacerlo y tal vez lo había estado planeando toda su vida de un modo semejante. Lo que sí me quedó a mí, indeleble, fue la convicción de que todo era posible, de que a partir de ese momento nada ni nadie podía interponerse en mi camino.

Mi padre consideró oportuno enviarme a estudiar a Madrid, algo a lo que siempre se había resistido y eso me abrió el futuro. Me matriculé para estudiar enfermería y de paso francés e inglés, algo que, como he dicho, me resultaba de una facilidad pasmosa.

 

Un pequeño detalle, algo casi imperceptible, puede ser una señal. No es gratuito. Cuando voy por la calle no dejo de mirar a mi alrededor. Jamás voy distraído, tengo la absoluta convicción de que cuando se hace algo se ha de hacer al cien por cien, sin dejar ningún cabo suelto. La vida ya es de por sí un caos para que nosotros lo alimentemos haciendo dos cosas a la vez; oír música y leer, observar y pensar, comer y hablar. Nunca se debe actuar de esa manera.

 

Cuando me acerco a la dichosa compañía de seguros observo varias personas en la puerta, hablando acaloradamente. Son las diez de la mañana, la hora de mi segunda cita, cuando la gente debía estar trabajando. Y sin embargo de los seis personas que hay ante la puerta, al menos reconozco a cuatro como trabajadores del lugar. O sea que pasa algo, ¿qué hacen ahí? algo importante que hace que gente que trabaja en una especie de campo de concentración, esté hablando en la calle en horas de oficina. Me quedo a distancia y entonces observé algo más. Un coche aparcado en la acera. Sin marcas, un coche normal pero subido sobre la acera en una calle céntrica a media mañana de un día de trabajo. ¿Quién es?, ¿alguien con bula papal? y en una tienda cercana, de ropa, las dos dependientas en la calle, hablan, fuman un pitillo pero sin dejar de mirar hacia el enorme edificio de la Compañía. En casos como aquel, nunca, nunca, se debe aproximar uno a preguntar haciéndose el tonto. La teoría de que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen es absolutamente cierta. Salvo en mi caso. Hay una atracción fatal, es cierto y muchos criminales acaban cayendo en la tontería de volver y caer en las redes de los que lo están esperando. Y hay que cuidarlo, incluso cuando se da el caso de que uno es inocente, como yo ahora. ¿Inocente? No me hagas reír.

La llamada la hago como siempre, siempre desde una cabina. Pasa primero por la centralita donde me preguntan de parte de quién.

–De García –digo. Me gusta ese apellido. La siguiente es una voz de hombre que sólo dice: dígame, demasiado seco para mi gusto, pero desde luego no es Nogué.

–¿El señor Nogué?

–No puede ponerse en este momento, ¿quién es?

–Soy García. Un cliente. Quedamos que me llamaría esta mañana y tengo que salir de viaje. Estoy en el aeropuerto y  necesito hablar con él.

–No va a ser posible.

–Oiga. Es muy importante. Un gran negocio depende de que yo hable con él. Mi avión va a salir ya…

–El señor Nogué ha muerto.

–¿Qué?

–Ha muerto. ¿Cómo me ha dicho que se llama usted? tal vez yo pueda…

Le cuelgo, claro. No me gusta el teléfono.

 

Mi segundo trabajo profesional vino poco después de salir de la cárcel, por una llamada, cuando yo ya tenía una reputación en ciertos y clandestinos ambientes. Un día sonó el timbre, una voz me preguntó si estaría dispuesto a ganar un millón –era la época de las pesetas– con un trabajo que, a juzgar por mi prestigio, afirmó, me sería fácil. Dije que sí, claro, pero con las condiciones que entonces me parecieron oportunas y que luego, más o menos, han marcado mi trabajo: una entrevista al aire libre, yo decido cómo, dónde y cuándo; mitad antes y mitad al término del trabajo. Para esos detalles me inspiré en Chacal, en la primera, la de 1973. Por ejemplo, la mitad por adelantado es sólo por preparar el trabajo, y si no se lleva a cabo, sea cual sea la razón, ese dinero es mío y no hay lugar a devolución. ¿La garantía?, mi profesionalidad. Uno tiene su ética.

La víctima, o mejor, el objeto de aquel trabajo, era un banquero, un curioso tipo, alto cargo de un banco francés en España, que molestaba a alguien por razones que aún hoy desconozco. El encargo me llegó en un momento de crisis económica, con mis fondos completamente agotados, alimentación insuficiente y deleznable y el peligro constante de que no siguiera los sabios consejos recibidos y me metiera en algún lío para acabar de nuevo en la cárcel. Eso es algo que siempre he cuidado mucho y tal y como voy creciendo, en todos los sentidos, tengo más claro que los riesgos deben eliminarse porque he aprendido esa máxima tan sencilla: si algo puede salir mal, saldrá mal. Pongamos por caso un atraco a una joyería. Hay sistemas de alarma, joyeros armados, la policía cerca, clientes imprevistos, cajas que se resisten, en fin, que pueden salir mal mil cosas. Es seguro que acabará mal. Alguien puede decirme: no necesariamente. Las cosas a veces salen bien. Sí, puede salir todo bien, pero hay un principio de incertidumbre que siempre hay que tener presente y una claridad meridiana en lo que es la teoría del caos. Todo tiende al caos y cualquier acción tiende a terminar en desastre. ¿Es eso aplicable al asesinato profesional?, sí y no. Sí en teoría, pero el secreto está en no correr ningún riesgo y sobre todo en no involucrar a más gente de la necesaria, casi siempre sólo dos, el cliente y yo, si descontamos al objeto, claro. Aquella segunda vez yo no traté con las personas interesadas en eliminar al tipo y el que me pasó el contacto era una persona a la que yo veía habitualmente sin ningún motivo concreto. Me lo dijo de palabra, en un lugar abierto y me explicó cómo podía obtener una foto del objetivo en cuestión y de dónde podía sacar información adicional. Todo sin que quedara ningún papel entre nosotros ni ninguna charla telefónica.

Para ese mi segundo trabajo profesional empleé por primera vez la que sería desde entonces mi arma favorita, la Glock 9 milímetros, el modelo 19. Es cierto que desde entonces el arma ha mejorado mucho y ya vamos por el modelo 31, pequeña y compacta, pero me gusta la solidez de la 19 y me he acostumbrado a ella. Aquel trabajo fue algo limpio y seguro, sin fallos ni disimulos. También hay que decir que el tipo me lo puso fácil.

Durante un tiempo prudencial le seguí, me informé de su vida, de sus costumbres y de los lugares a los que solía acudir. Se podría decir que era una persona peculiar, primero por su aspecto; un tipo alto, muy alto, delgado, con una cabeza muy escasa de pelo y trajes siempre un pelín grandes, supongo que a causa de su extrema delgadez. Llevaba corbata, claro, pero de un estilo tan escandaloso que se le podía distinguir desde lejos. Tenía también la curiosa costumbre de hablar solo, o más bien, de murmurar solo, porque aunque a veces me acerqué mucho a él nunca pude entender nada de lo que decía. Era un ventrílocuo, apenas movía los labios, supongo que en realidad no era hablar solo sino pensar en voz alta, que es diferente. Estaba casado, tenía dos hijos pequeños, una familia encantadora que vivía en París y descubrí enseguida que distraía su tiempo en España con una amante, una jovencita a la que sólo vi una vez, pero me interesó conocerla para ver si podía ayudarme o hacerme la puñeta. Resultó que sus encuentros durante los días de trabajo eran un céntrico hotel de mente muy abierta, pero los fines de semana, de vez en cuando, se lo montaban en un apartamento en un lugar de la Costa Brava llamado Llansá. La suerte de tratar con banqueros es que son las personas más rígidas y organizadas que conozco, salvo quizá los notarios. Y mi banquero era muy organizado. Descubrí enseguida que el primer viernes de cada mes, inexorablemente, salía de su hogar a media tarde en dirección al aeropuerto de El Prat. Allí entraba en la Terminal A, se quedaba un rato en la cafetería, luego salía, cogía un taxi y directo a Llansá. Me costó una pasta descubrirlo, claro y en mi oficio no hay nota de gastos, pero tuve que seguirle del mismo modo durante dos fines de semana hasta asegurarme. La chica viajaba por su cuenta y llegaba siempre el sábado por la mañana, así que la noche del día elegido, viernes, llamé al timbre del apartamento, me abrió el banquero en bata, una de esas de seda luciendo una amplia sonrisa que quería decir: ¡oh!, una noche de regalo… y le descerrajé un tiro en la frente. La Glock, lo he dicho, es una pistola potente. La bala, a menos de medio metro de distancia, sale con una enorme fuerza y no hay lugar al error. El tipo salió disparado hacia atrás, al menos dos metros, se estrelló contra la pared del fondo y se quedó desparramado. ¿El ruido? Vivimos rodeados de ruido. Es un error pensar que la gente oye y reconoce un disparo. Nada de eso. Se oyen motores, programas de televisión, música, golpes en las casas cercanas, gritos. La vida cotidiana está llena de sonidos que llegan de todas partes, cacofonía creo que lo llaman. Seguramente cuando la policía empezara a preguntar, algún vecino diría que sí, que oyó algo parecido a un taponazo o a un tubo de escape. Bueno, ya se sabe, demasiada televisión. En la cosa esa del cable o del satélite hay tantas cadenas de televisión que uno no llegaría a verlas todas en un año. Y todo está lleno de series de polis y mendas que no hacen más que dispararse los unos a los otros. Si a alguien se le ocurre poner la tele a toda voz, el barrio entero se pensaría que está en Bagdad o en Alepo. Tiros, tiros, tiros. ¿A quién le importa un tiro más? Además, hay algo en lo que nadie piensa de puro evidente. En este país la gente no está familiarizada con las armas de fuego. Nadie va por ahí con la pistola en el bolsillo, o casi nadie; no se oyen tiros, salvo en las películas y no es fácil identificar un disparo para alguien no iniciado. De todos modos, alguien podría preguntar, ¿estás seguro de que nadie te va a ver? Esa es una cuestión peliaguda, desde luego, y un riesgo que un buen profesional debe minimizar. Para empezar, el escenario. Hay que elegir un escenario donde las posibilidades de sorpresa sean mínimas. Desde luego, el apartamento de Llansá lo era. Obviamente. En segundo lugar, el momento. No hay que ser muy listo para saber que es mejor la noche que el día y mucho mejor las primeras horas del amanecer de un día laborable. Hay que ponderar, el lugar y la hora que están íntimamente ligados. Una discoteca no es el lugar adecuado, ¿no? Pero tal vez una discoteca a media mañana sí lo es. El amanecer es buena hora, lo he dicho, pero tal vez la primer ahora del amanecer en una estación de metro no es lo más adecuado. Ponderación. Naturalmente también está la cuestión del vestuario o el disfraz. A lo largo de mi carrera creo que he llegado a un nivel alto en lo que a mi aspecto se refiere. Toques sutiles, ropa discreta y mucha rapidez son factores determinantes. Por ejemplo, en casa tengo un bote de pegamento vulgar, del transparente usado para papel. Jamás llamaría la atención en un registro y sin embargo es magnífico para añadirse unas arrugas a las mejillas o a la frente. Un rollo de celo transparente es también ideal para hacer caer un poco el rabillo del ojo y cambiar de peinado es asombrosamente útil para despistar a un fisonomista poco avezado. La ropa, evidentemente oscura, a la moda sin estridencias y nada de adornos que brillen ni que se puedan caer. Por suerte eso nunca ha sido un problema. No me gustan los anillos, los pircings, los nomeolvides, las cadenitas y otros abalorios que, además, eran tan apreciados en la cárcel. Como los tatuajes. Nada de tatuajes. Aparte de que le tengo pánico a las agujas, siempre he sido de la opinión de que no debes llevar nada en el cuerpo que no te puedas quitar. Bien, que no te puedas quitar de una manera fácil, no hablo de un láser para quitarte el nombre de la ex esposa tatuado en el hombro. ¡Hay que ser gilipollas!

Ese toque de disfraz lo ensayé en Llansá. Pura prevención aunque sé seguro que no me vio nadie, de modo que ese primer trabajo, limpio y eficaz, me reportó unas novecientas mil pesetas limpias, deducidos los gastos, que me permitieron liquidar deudas y enfocar los próximos dos o tres meses con una relativa seguridad. Pero sobre todo, el trabajo me reportó algo impagable en mi profesión: prestigio. Y esta vez auténtico, no como lo de Paco, el Motas, el bocazas al que liquidé cuando salí de Carabanchel.

Curiosamente, el Motas –ya hablaré del Motas– fue quien me presentó a René el francés. Se habían conocido en alguna cárcel francesa o en la Legión Extranjera, no estoy seguro, pero se entendían muy bien. Desde el primer momento me parecieron ambos unos tipos poco recomendables de los que cuanto más lejos, mejor. Hay que ver las vueltas que da la vida. He acabado liquidándolos a los dos.

 

 

 

*