Cataluña, el procés y el Covid

La aparición del Covid-19 en nuestro entorno, en los primeros meses de 2020, tuvo el efecto secundario, e inesperado, de apropiarse del primer lugar en los titulares informativos, no inmediatamente, pero sí poco a poco desplazando al tema anterior por excelencia, el “procés soberanista” puesto en marcha, más o menos, en 2012. La gravedad de la enfermedad desatada desde Wuhan ha ido acaparando el ideario cotidiano y de hecho se ha convertido en el tema de discusión principal relegando otras cuestiones a un lugar más discreto, al menos por el momento. Paro, delincuencia, destrucción del medio ambiente, educación, salud en términos generales siguen existiendo pero la inmediatez de la pandemia parece que es nuestro principal problema hasta que asimilemos que Covid-19 es una enfermedad más, virulenta hasta ahora pero que pasará a ser una más, como lo fue el sida, la gripe española o el tifus. ¿Dónde queda pues el “procés” tan largamente discutido? Yo diría que el “procés” queda donde estaba, más o menos en el limbo, en el fondo de las aspiraciones, la ideología, el resentimiento o la esperanza, según cada cual. Que el sentimiento nacionalista existe es una realidad indiscutible y eso existe en Cataluña, en España (sea lo que sea), en Euzkadi, en Croacia o en el Senegal.

Está de más decir que cada persona es muy libre de sentirse lo que quiera. Así pues un ciudadano residente en Cataluña es muy libre de sentirse catalán, español, boliviano o marroquí. Y el sentimiento, que es necesario tener en cuenta, se manifiesta en ideología, en interpretación de la historia, en la actitud diaria ante el poder e incluso en las relaciones personales y colectivas. Cuando ese sentimiento se manifiesta en ideología se convierte en una política como queda demostrado en la existencia de los diversos partidos y entidades independentistas, no solo en Cataluña, claro está. Es evidente que esta afirmación, que todo empieza en un sentimiento, los nacionalistas de uno u otro país o signo, no estarán de acuerdo porque mantienen que la “nación” es una realidad objetiva y quien lo niega, según ellos, está negando la realidad. Así pues queda planteada la primera cuestión: ¿existe la nación? Y si existe ¿cuáles son sus características y quién forma parte de ella? Ahí ya la discrepancia se hace insalvable como todo el mundo sabe. Eso es, como diría Mao Tse Tung, una contradicción irresoluble y parece difícil ponerse de acuerdo y llegar a la idea de Hegel de conseguir una síntesis. Llegados a este punto son dos los problemas, ambos irresolubles. De un lado el mencionado de la definición de “nación” que para unos es un invento burgués que no existe en la realidad y para otros es la esencia del ser humano. Lo oí así una vez en la intervención de un nacionalista serbio en unas conferencias en el CIDOB cuando dijo: “soy un ser humano puesto que soy serbio”.  El otro problema es que una vez metidos en la ideología del nacionalismo éste se enfrenta, necesariamente, al nacionalismo vecino al que necesita básicamente para justificarse a sí mismo, pues no tiene sentido un nacionalismo sin un “enemigo” nacional. Cataluña/España, Croacia/Serbia, Grecia/Turquía, Alemania/Polonia y así hasta el infinito. ¿Por qué estalla el nacionalismo de vez en cuando?, unas veces con violencia y otras sin ella.

Por lo general solo hay que estudiar historia y ver que se manifiesta en situaciones de crisis económica o también en situaciones revolucionarias vecinas que “amenazan” creen que amennaza al ente nacional. La crisis mundial desatada en 2008 trajo como consecuencia un declive industrial y económico en España y desde luego en Cataluña, de ahí que se movilizara ese sentimiento nacionalista-independentista. Cierta clase media industrial catalana ha estado muy afectada, en especial en la producción agrícola del interior del país, en la construcción y en el pequeño comercio. ¿Cuál era la solución para no perder capacidad y poder económico? En algunas mentes, representadas por Artur Mas, se planteó que presionar al Estado central sería un modo de salir de la crisis y para ello la forma más directa y potente era destapar el sentimiento nacionalista de lo “catalán” frente a lo “español”. ¿Quiere esto decir que Artur Mas y la élite de la antigua Convergència deseaba la independencia? Desde luego que no. Era un modo de presionar al Estado para conseguir más competencias, más fondos y más presencia en las decisiones tomadas por el Gobierno central. Evidentemente, al encender la mecha del “procés” ardieron inmediatamente los sentimientos nacionalistas siempre existentes. No hay más que recordar las rebeliones durante la República o los movimientos carlistas aún presentes en la Cataluña profunda. A ese núcleo de nacionalistas de fe se puede añadir el número de jóvenes en paro y desengañados del sistema, a los resentidos aún por los años de dictadura, a los adolescentes filtrados por el sistema educativo y no hay que olvidar a un contingente de izquierdistas abandonados por la desaparición del PSUC y la tibieza del PSOE contra los gobiernos de derechas en Madrid. Todo este colectivo variopinto ¿se ha planteado en realidad obtener la independencia de Cataluña? En el hipotético e imposible caso de que el Estado español aceptara semejante cosa, no hay que ser muy listo para ver que a continuación vendrían Euzkadi y Galicia, como mínimo y tal vez Canarias y puestos a desmontar el Estado español, tal vez Andalucía, Extremadura o cantones como Cartagena se sumarían, retornando la situación de la Península Ibérica a la Edad Media. Cuesta trabajo creer que se lo hayan planteado con seriedad. Otra cosa es que los dirigentes de Ezquerra o de Junts mantengan ese pulso por las razones económicas mencionadas, pero nadie con un mínimo conocimiento de política puede pensar que el Estado español, llámese España, se va a suicidar o que la Unión Europea y las Naciones Unidas bendecirían semejante situación. Siguiendo en esa línea, ¿porqué solo España tendrían que desintegrarse? Italia, como unidad política, tiene apenas cien años, igual que Alemania o Bélgica y poco más Francia. Y todo ello con la cerrazón de ignorar que Cataluña, o Euzkadi, han sido factores vitales en la creación del reino y del Estado español. ¿Hay solución para el conflicto? No. No la hay, solo cabe referirse a la frase de Ortega y Gasset en los años treinta: “El problema catalán no tiene solución. Hay que aprender a vivir con él”.

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