Relatos

La noche de Groucho Marx

La tarde amenazaba lluvia y J.L. no tenía muy claro que fuera una buena idea. La cita, siempre profesional, solía ser en el Zuric, al aire libre o en su caso, como aquella tarde, en el piso superior. El caso es que en aquella ocasión no había orden del día o por decirlo de otra manera, parecía que la cita había cambiado de característica. Todo había empezado en la macro discoteca de Castelldefels cuando ella había aparecido con una espectacular minifalda y se había sentado junto al escenario. Le había tomado varias fotos y por primera vez se había fijado en ella como una mujer y no como una redactora más del periódico. Apenas habían hablado pero en J.L se había producido un cambio. ¿Y si…? Así que se habían citado con un simple… “oye nos vemos en el Zuric…”

La vio llegar con su habitual expresión, “mala gaita” la solían llamar el resto de redactores. Nada especial, un cigarrillo en la mano, como casi siempre y una charla cargada de dardos contra el mundo en general. Se hacía de noche, J.L. no tenia ningún interés en volver a su casa, a su matrimonio aburrido y “quemado” como solía decir él mismo. Charlaron un rato y luego improvisaron un paseo por la Rambla y un par de copas en uno de sus muchos antros. Fue allí donde ella le habló de su novio y de su próxima boda. Y luego vino lo que con el tiempo, J.L. calificó de “surrealista” aunque no dejaba de ser algo acorde con su propia forma de ser. Llovía torrencialmente y a ninguno de los dos les apetecía separarse, aún sin ningún plan previsto. ¿Qué hacemos? Y J.L. tuvo la peregrina idea: “Podemos ir a casa de mi madre, cogemos un taxi y nos quedamos allí hasta que deje de llover”.  Cualquiera en su sano juicio habría preguntado “¿en serio?”, pero a ella le pareció bien o al menos eso se podía deducir. Lo que J.L. no captó en ese momento fue la enorme contradicción de la chica, el desconcierto sobre qué estaba haciendo o de qué iba todo aquello.

Llegaron a su destino en pocos minutos y calados hasta los huesos. Todo entró entonces en una dinámica que se asemejaba más a una película de los Hermanos Marx que a una historia de amor o algo parecido. Entraron en la casa en absoluto silencio, aguantando la risa. Los relojes marcaban casi las dos de la madrugada y J.L. la llevó directo a la cama que él había ocupado hasta que dejó el hogar familiar, años atrás. Todo allí seguía en su lugar, con el poster de los Rolling Stones en la pared, la estatuilla de un guerrero medieval en la mesilla y la cama escrupulosamente hecha y lista. Ella se tendió boca arriba y él sobre ella buscando sus labios. Apenas si pudo acariciarla sobre la ropa cuando ella gimió: “espera, espera… no puedo, me voy a casar dentro de unos días…”. J.L. se detuvo, apenas si podía verla en la oscuridad, pero notó la tensión de su cuerpo y su respiración entrecortada. Se enderezó y se sentó sobre la cama. Tomó la cajetilla de tabaco de ella, encendió un cigarrillo y se lo pasó. “No pasa nada. Tranquila”. Se tendió a su lado mientras ella daba unas caladas. “Ha dejado de llover –dijo él al rato– ¿Nos vamos?”. Ella asintió con la cabeza, todavía tensa. Volvieron a salir con el mismo sigilo. Fuera había dejado de llover y el aire era húmedo y perfumado. J.L la acompañó en taxi hasta su casa, la dejó en la puerta con un beso y luego echó a andar hacia la boca del metro. Los relojes marcaban ya las cinco de la mañana.