La retirada de las fuerzas norteamericanas y de la OTAN en Afganistán y la consiguiente toma del poder en aquel país por parte de los talibanes han desatado una serie de artículos de opinión, la mayoría interesantes y también un circo mediático importante en el que privan más las imágenes o las noticias impactantes que el análisis puro y duro de la realidad. Uno de los artículos que más ha llamado mi atención ha sido el firmado por Arturo Pérez Reverte, “Es la guerra santa, idiotas”, en su página web. Confieso que el autor no es persona de mi agrado, pero al mismo tiempo debo admitir que estoy de acuerdo, si no en todo, sí en gran parte de lo que manifiesta en el artículo. Que es una guerra y estamos metidos en ella es algo evidente y con lo que estoy de acuerdo, una guerra que por aquí, en el “occidente cristiano” parece que ya habíamos ganado. Dice Pérez Reverte: “A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta”, y algo tan obvio para nosotros, dentro de lo que llamamos libertad o democracia, ocurre en países como Arabia Saudí, Afganistán, el bloqueado Daesh o en gran parte del Sahel. Sin llegar a esos extremos salvajes, la marginación de la mitad de la población, la femenina, se da en infinidad de países y no solo musulmanes, pero es en esos, confesionales, donde más se manifiesta. En el punto que, para mí, se encuentra la contradicción es en esa tesis del “multiculturalismo” o “diversidad”, esa permisividad que, en España, en Europa en general, se mantiene con la llegada de musulmanes o cristianos que llevan incrustado en el cerebro a dios, a la religión y a las costumbres de hace mil años. Recuerdo a mi buen amigo y admirado colega, ya fallecido, Armando Matías Guiu, un anarquista con gran sentido del humor, que admitía sin ningún problema a cualquier llegado a nuestro país pero que añadía: “¿Por qué tiene que vestirse con unas faldas o un turbante? Si quiere vestirse así que se vaya a su casa”. Hoy en día uno admite que la gente se vista como quiera, sí, un tipo con hábito, la gorra al revés o una mujer con los pechos al aire, pero esa es la cuestión, admitirlo todo o nada. A mí, confieso que me irrita y me subleva ver a un individuo con bermudas, camiseta bien fresca y chanclas y a su lado, su “mujer”, una especie de monstruo vestido de negro de pies a cabeza, con un atuendo que más parece una tortura. Claro, los del multiculturalismo aducen que es que ella misma lo quiere así y se quedan tan tranquilos. Que ella lo quiera o no es intrascendente porque es una cuestión de presión, tradición, educación y amenaza. La pregunta es ¿qué pasaría si esa mujer decidiera quitarse esa ropa y vestirse a la europea?, ¿cómo reaccionaría su marido, su familia, sus amigos y no digamos ya el Estado policial-religioso donde vive? Dicho esto, tomando el tema de Afganistán, vale la pena el magnífico artículo de Rafael Fraguas, publicado en la página web del Club Le Carré, sobre las características del modelo afgano-islámico, aprendido del wahabismo saudí y de las más rancias tradiciones de la Edad de Piedra. Señala Fraguas que “El atuendo, obligadamente velado, es todo un símbolo de esta humillante percepción machista. Los castigos abarcan todo un repertorio que incluye desde los latigazos hasta la lapidación a muerte”. Y hay quien, desde posturas progresistas y supuestamente de izquierda, siguen manteniendo la necesidad del multiculturalismo y ahora que, por suerte, las iglesias se van vaciando de fieles, vamos a construir mezquitas para volver a lo mismo de hace mil años. A ese respecto es también interesante la aportación de Daniel Bernabé con su obra “La trampa de la diversidad” que, aunque referida a un aspecto más económico y de lucha de clases dice algo que viene a situar el problema: “Ya no se busca un gran relato que una a personas diferentes en un objetivo común, sino exagerar nuestras especificidades para colmar la angustia de un presente sin identidad de clase”. En definitiva, creo que ese objetivo común lo dice con claridad aquella frase tan olvidada: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Las religiones, las ideologías, los Estados que ponen a dios y a los sacerdotes como fuentes de derecho son una aberración y no deben ser admitidos en el mundo civilizado.

 

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