¿Se puede calificar de novela negra la novela de espías? La respuesta inmediata es NO, pero muchas veces las respuestas taxativas, blanco o negro, no se ajustan perfectamente a la realidad y se hacen necesarias algunas puntualizaciones. La clasificación habitual de la novela, comúnmente aceptada, parte de sus contenidos y sus formas, pero también, muchas veces de la simple necesidad de editores, libreros y críticos de poner un poco de orden en la producción literaria[1]. Para empezar hablemos pues de qué entendemos por “novela negra”. El término, como todo el mundo sabe, está en terreno de disputa entre la editorial francesa Gallimard y la revista norteamericana Black Mask para definir una novela policiaca en la que lo importante no es descubrir quién ha matado a quién sino reflejar el ambiente oscuro y “negro” de la sociedad, con sus miserias, sus traiciones y su corrupción. El estilo, compartido en sus principios por autores franceses como Simenon o Boris Vian y norteamericanos como Raymond Chandler o Dashiell Hammet, es (o era) un estilo directo, duro, con una prosa descarnada poco dada a los adjetivos, destilando violencia y crítica social. Los detalles más importantes de ese tipo de novela, el estilo seco y directo y la crítica social y la utilización de policías, detectives privados, periodistas o ciudadanos corrientes como protagonistas resulta secundario. Obras como “1280 almas” de Jim Thomson, “Un ciego con una pistola” de Chester Himes o “El cartero siempre llama dos veces” de James Cain, dan fe de lo dicho más allá de los muy conocidos detectives de Chandler o Hammet. La crítica social da una pista sobre los autores, por lo general ideológicamente a la izquierda y muy críticos con el sistema a pesar de que algunas veces, como en el caso de Patricia Highsmith, su protagonista sea una asesino despiadado.

La novela negra nace pues del mundo del crimen, desde finales del siglo XIX hasta la actualidad en que ha adoptado nuevas formas de la mano de autores como John Connolly, Alicia Giménez Bartlet o los autores nórdicos.

¿Qué tiene de semejante con la novela de espías? Lo primero que viene a la cabeza es la presencia de autores que han cultivado ambos géneros como Conan Doyle, Eric Ambler, Manuel Vázquez Montalbán o Fernando Martínez Laínez, autores en los que se ve una de las características que comparten ambos géneros y que no es otra que el análisis de los subterráneos de la sociedad. La novela negra disecciona el mundo subterráneo del crimen, sea prosaico o de alto nivel, y la novela de espías el mundo real, el de la política y las relaciones internacionales. El espionaje es el oficio más antiguo del mundo, más que la prostitución y ha existido desde que los homínidos de Olduvai se agazapaban para observar la presa que les serviría de cena, estudiando sus movimientos, sus puntos débiles y sus costumbres. La moderna novela de espionaje se empezó a desarrollar al mismo tiempo que “la moderna novela” en general, mediados del siglo XIX. Desde Fenimore Cooper y  Joseph Conrad los agentes secretos han poblado unas novelas en las que el asesinato o la violencia pueden estar presentes pero no son fundamentales y las tramas están basadas en personajes que suelen ser dobles o triples, de ahí su enorme interés. Tramas y personajes se unen en la novela de espionaje para ofrecer un cuadro que muchas veces se acerca más a las relaciones humanas que a la simple acción[2]. El principal problema para clasificar a la novela de espionaje viene en primer lugar por la definición del término espía, ¿hablamos de espía, de agente secreto, de activo, de clandestino, de traidor, de soldado de la oscuridad? “El espía” de Fenimore Cooper, “El agente secreto” de Conrad, “El espía perfecto” de John Le Carré o “El espía imperfecto” (de un servidor), “El tercer hombre” o “El americano impasible” de Graham Green definen otros tantos ambiguos personajes que dan su personalidad a ese tipo de novela. No, no son novelas negras a pesar de que algunos autores utilicen un lenguaje que las recuerda.

Sí es cierto que la novela de espionaje encierra siempre, o casi siempre una sólida crítica social, muchas veces al mundo del espionaje mismo y siempre al poder. En ese sentido las novelas de John Le Carré, en especial las escritas después de la guerra fría, son paradigmáticas: “El jardinero fiel”, “Single & Single”, “Un traidor como los nuestros”, “El hombre más buscado” destilan una amargura que sólo un exagente como Le Carré puede expresar.

Se da el caso de que el autor puede ser sin paliativos de novela negra, metido hasta las cejas en el mundo del crimen, como mi admirado Connolly, como James Elroy, Philip Kerr, González Ledesma o Juan Madrid. Otros, espías de profesión y metidos a escritor, como Green, Le Carré y algunos españoles que mejor no nombrar, son de otra especie, autores de espionaje, sin más, sin ninguna concesión a la novela negra. Y en tercer lugar están los más eclécticos que pueden moverse entre los dos géneros. Sea como sea. En uno u otro caso, la génesis de una novela negra o de una de espionaje es muy parecida. En las dos pasan cosas y como diría Trotsky “en el principio es la acción y la palabra la sigue como una sombra fonética”.

[1] Sin ir más lejos, mi novela “Las cartas de Antioquía” (Meteora 2000) se la clasifica como histórica por su contexto cuando es en realidad una novela de espías.

[2] El caso de Bond ha evolucionado más hacia la aventura que hacia el espionaje.

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