A sabiendas de que el sentido común es el menos común de los sentidos, habría que hacer un esfuerzo para meter en la cabeza de los gobernantes algunas ideas que aunque parezcan lógicas, da la impresión de que no les entran ni a martillazos. El panorama que estamos contemplando en Oriente Medio es espeluznante, como si la Humanidad hubiera retrocedido mil años o mil quinientos y solo nos enteramos cuando es en París, Madrid o Nueva York donde se producen las salvajadas con las que nos tomamos el café por las mañanas. El avispero de Oriente Medio es conocido desde antiguo, desde los lejanos tiempos en que se enfrentaban sumerios y akadios, hititas y egipcios o asirios e israelitas. Es una zona agrícolamente rica, ruta de paso entre Asia, África y Europa, pozo de petróleo y por si faltara algo el lugar a donde se les ocurrió a franceses y británicos construir el canal de Suez. ¿Qué esperábamos, que fuera un oasis de paz? Y para acabarlo de arreglar ahí nacen las tres religiones monoteístas, fratricidas y criminales donde las haya. Así pues, ¿qué podemos hacer? En primer lugar identificar los problemas: petróleo, imperialismo, incompetencia de las grandes potencias y, como decía Schopenhauer, el clima también puede que tenga algo que ver. Esas son las causas profundas, a mi entender, pero si hablamos de los conflictos en activo, el primero y principal, que debía solucionarse de una vez por todas es el palestino. De una vez por todas. Dejemos de marear la perdiz, dejemos de dar vueltas, enrocados como en una partida de ajedrez en tablas y tomemos decisiones valientes y claras: reconocer de una maldita vez dos estados, Israel y Palestina con las fronteras de 1967, garantizar las vidas y haciendas de todos los habitantes de Israel y de Palestina con unas leyes civilizadas que no tengan nada que ver con la religión, establecer una zona de libre circulación y libre mercado en todo el territorio de la antigua Palestina, sea Israel o sea el nuevo Estado, desmilitarizar las fronteras que deberían ser vigiladas, al menos provisionalmente, por las Naciones Unidas y dejar que Jerusalén sea la ciudad universal que ha sido siempre, capital de Palestina y capital de Israel, al mismo tiempo, igual que Madrid es la capital de España y de la Comunidad Autónoma. Y sí, lo sé, para tomar semejantes medidas hay que tener cerebro y eso no abunda en Ramala, en Gaza, en Tel Aviv, en Washington y en Bruselas. El segundo conflicto, el olvidado del Líbano, ¿es tan difícil organizar un país civilizado y democrático, desarmar a las milicias y convertirlo en el hogar de sus habitantes al margen de la religión que profesen (otra vez la religión como veneno). Y llegamos al gran conflicto de principios del siglo XXI, el invento medieval del ISIS. Cuando Estados Unidos invadió Irak y asesinó a Saddam Hussein realizó el más estúpido de los movimientos políticos de su historia y no hablo de ética, esa es otra cuestión, hablo de sentido común. Nadie les ha enseñado que lo que funciona es descabezar el régimen, cambiar las reglas del juego y dejar a la misma gente y las mismas estructuras dirigiendo el país. ¿No han visto cómo se ha hecho en España?, ¿no han aprendido nada en doscientos años de Historia? Y no es por falta de experiencia,  porque ya se vio lo que hicieron en Afganistán contra los soviéticos. Y no sólo nadie dice ni pío por la barbarie que han hecho en Irak, sino que la vuelven a repetir en Siria. Las cosas van entonces por donde deben ir, los rebeldes alentados por Estados Unidos se convierten en los salvajes sin civilizar del ISIS y Assad, que es tipo más duro que Hussein, y los kurdos, marginados y perseguidos por la OTAN, parecen ser la única fuerza capaz de oponerse a la barbarie yihadista. ¿La solución? Una vez más no hablemos de ética: unirse las potencias para apoyar a Bachar el Assad contra el ISIS, armar y subvencionar a los kurdos con la garantía de un Estado propio. Un servidor no cree en las naciones, ni en el Estado nacional ni zarandajas por el estilo, pero se hace necesario romper el nudo gordiano de Oriente Medio o lo vamos a lamentar. Claro que, cuando todo esto explote, los mandamases que dirigen el mundo en este momento ya se habrán muerto y les importa un pito. O sea, que decir las cosas como son es predicar en el desierto.

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