Capítulo I

El cielo era un cúmulo negro y el pronóstico anunciaba fuerte marejada con olas de dos a tres metros. El barómetro, a menos de novecientos cincuenta milibares, auguraba lo peor y el viento, áspero, frío y afilado como un cuchillo, lanzaba olas que, incluso dentro de la dársena, hacían cabecear al Eugenia, el oceanis de nueve metros, como un cascarón abandonado a su suerte.

El velero enfiló la bocana del puerto de Cartagena con el pequeño Diésel de la embarcación martirizando los oídos de su único tripulante. A babor, al pie del castillo de San Julián, se recortaban las siluetas grises de las fragatas gemelas, la Victoria y la Numancia y el sol apuntaba por encima de los farallones lanzando las sombras de los buques de guerra contra la dársena. Al timón, Eduardo Álvarez afinó el rumbo hacia el centro de la ancha abertura, sur sureste. Un golpe de aire frío se estrelló en su cara curtida por el mar y el aire libre y el velero saltó con fuerza al abandonar la protección de los espigones. El mar estaba abierto ante él, turbulento y gris; nubes de finísimas gotas de agua helada le envolvían por todas partes, resbalando después por el impermeable amarillo. Orzó hasta colocar la proa cara al viento y luego puso el piloto automático.

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