Que el virus del Covid-19 se inició en la provincia china de Wuhan, es algo aceptado por todo el mundo. Bien por casi todo el mundo, porque sabemos que las “teorías de la conspiración” tienen siempre seguidores de la especie de aquellos que afirman que la tierra es plana, o que la civilización terrestre proviene de alienígenas. Para estos, la infección fue metida de contrabando en China por sus enemigos ancestrales o simplemente no existe y es solo una operación de marketing y desinformación. A partir de ahí, como en un diagrama de flujo, se pueden ir adoptando diversos caminos. Unos, los que optan por admitir que el origen es Wuhan, afirman que se trata del famoso murciélago, avalado por varios estudios y que según la OMS podría haberse transmitido al ser humano a través de otro animal. El segundo camino es que el virus tiene su origen en un laboratorio de experimentación, el Nivel 4 del Instituto de Virología de Wuhan, administrado por la Academia de Ciencias de China. Naturalmente, las autoridades chinas, que intentaron adjudicar el origen del virus (sin mucha fe) a una “invasión extranjera”, niegan que en ese laboratorio se trabajara en semejante cosa. Y también naturalmente, los gobiernos de Estados Unidos y sus aliados, con China como principal enemigo, se han aferrado de inmediato a esa posibilidad. Una vez aceptado que el virus salió de Wuhan y que existen esas dos posibilidades se plantea otra cuestión. ¿Qué está haciendo el laboratorio de Virología de Wuhan? O lo que es lo mismo, ¿qué están haciendo los laboratorios del Institute for Advanced Study de Priceton  o el National Institute of Allergy and Infectious Diseases o el Eurofins BLC Leather Technology del Reino Unido? La lista se haría interminable y aún habría que añadir los laboratorios secretos, sin nombre, donde se sigue trabajando en armas químicas y biológicas. Todavía en 2017 se estaban utilizando armas químicas en la guerra en Siria y por lógica se deben fabricar en algún sitio y ese lugar podría ser Wuhan, claro, o la campiña británica o el desierto de Mohave. Así que, ¿cabe la posibilidad de que el laboratorio de Wuhan fuera el origen del virus?, desde luego que sí. Y hay otra pregunta, ¿cabe la posibilidad de que el origen sea natural e imprevisible?, por supuesto. “La vida se abre camino”, decía el profesor Ian Malcolm en Parque Jurásico y un virus no deja de ser un ser vivo o proto-vivo. China insistirá en el origen natural y sus enemigos insistirán en el origen perverso en un laboratorio que trabajaba con vaya usted a saber qué. Ahí entra una nueva división del diagrama de flujo. Hay quien afirma que era un arma química y hay quien afirma que era solo un ensayo biológico que salió mal y provocó un accidente. Sea como fuere, el caso es que todos coincidirán en un fallo de seguridad, si es que el virus se produjo en el laboratorio. Y en esto llegaron las compañías farmacéuticas. Para quien no lo sepa, este sistema en el que vivimos se llama capitalismo y funciona así. Es decir, cualquier acontecimiento, bueno o malo, encuentra siempre un modo de beneficiar a alguien. Se llama negocio y por si alguien no lo sabe, hay siempre una legión de ojos escudriñando el horizonte a ver de dónde pueden sacar beneficio con el menor esfuerzo posible. ¿De qué vive una compañía farmacéutica? De la enfermedad, la producción alimenticia, la agricultura y me atrevería a decir que de toda actividad humana. Así pues, aparece una nueva enfermedad o la variedad de otra conocida y las compañías farmacéuticas se lanzan al beneficio, a explotarlo y a ofrecer mil soluciones, vacunas con nombre y apellido (tratamiento poco porque eso elimina la enfermedad) y remedios para atacar los “síntomas” y las “consecuencias”, no el virus o la enfermedad en sí. ¿Quiere eso decir que las compañías farmacéuticas han creado la enfermedad? Desde luego que no, por la sencilla razón de que no lo necesitan, las enfermedades siguen existiendo por sí solas y el negocio es floreciente. Esto está claro salvo para los que creen en la tierra plana o que John Lennon está vivo.

Al final podemos llegar a la misma conclusión que llegó Ortega y Gasset cuando dijo aquello de: “el problema catalán no tiene solución, hay que aprender a vivir con él”. Pues en este caso hablamos de lo mismo: la aparición de un nuevo virus, desconocido y más o menos letal, no tiene solución, hay que aprender a vivir y pelear con él.

 

Categories:

Tags:

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *