A día de hoy, 17 de octubre de 2021, parece una superficialidad hablar de lo que se ha dado en llamar “el procés”, es decir la estrategia de diversas fuerzas políticas catalanas para alcanzar la independencia del Principado con respecto al Estado español o a España, según la manera de verlo de cada uno. Metidos todavía en la pandemia del virus originario de Wuhan, China, parece inadecuado ocuparse de algo que da la impresión de estar parado, al menos hasta que acabe la negociación entre Esquerra Republicana y el PSOE, disfrazada de conversaciones entre el Govern de la Generalitat y el Gobierno de España. Pero da la causalidad de que en estas ha caído en mis manos un libro soberbio, que me ha impresionado, “Contra Cromagnon” de Félix Ovejero Lucas, profesor en la Universidad de Barcelona y autor de una decena de estudios sobre nacionalismo y democracia. Del modo más inesperado me he encontrado con alguien que coincide con mis ideas sobre “nacionalismo”, “nación” y “patriotismo” o “cultura” solo que con datos, conocimiento, formación y un modo científico de analizarlo y explicarlo. Coincido, desde mi ignorancia, en que para empezar el concepto “nación” tiene tantas interpretaciones como personas hay en el mundo, o poco menos.

¿Qué es una nación?, se pregunta Ovejero y me vengo preguntando yo desde que tenía quince años o algo así. Desde aquello que decía José Antonio Primo de Rivera, “una unidad de destino en lo universal” o Hitler en Mein Kampf, “comunidad viva de sangre y suelo” hasta mi idea de que la nación es un invento burgués del siglo XVIII en Francia hay una retahíla inacabable de definiciones hasta llegar a la de diccionario: “Conjunto de personas de un mismo origen étnico que comparten vínculos históricos, culturales, religiosos, etc., tienen conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o comunidad, y generalmente hablan el mismo idioma y comparten un territorio”. Esa definición es lo que faltaba para acabar de complicarlo todo, ¿origen étnico?, ¿y eso qué quiere decir?, ¿ibero?, ¿celta?, ¿celtíbero?, ¿romano?, ¿norteafricano?, ¿godo?; eso sin contar si eres rubio, moreno, negro, bajito o con la nariz aplastada. ¿Vínculos culturales?, se refieren al idioma o al origen campesino o pescador de altura en el Atlántico o a que te gusta Shakespeare, Cervantes o Dashiell Hammet. Y no hablemos de los vínculos religiosos, ¿no soy nacional de ningún sitio porque soy ateo?, ¿si eres protestante a testigo de Jeová ya no eres español? Y lo que ya da risa es la “conciencia” de pertenecer a… yo como mucho pertenezco a la clase obrera y no ahora que soy pensionista. Y si la cosa es compartir territorio eso sí que es propio de los Hermanos Marx, o sea que si vivo en Cartagena soy un nacional de Cartagena, o del Valle de Arán que también me parece interesante. Lo de tener conciencia también clama al cielo, si se me permite, “es miembro de una nación el que se siente miembro de una nación” y se quedan tan anchos. A partir de ahí, Ovejero pasa a analizar qué derechos tiene un ciudadano y por qué. Es decir, si no compartes la ilusión de formar parte de la nación y no te importa un pimiento la tradición o la historia de hace quinientos años, ¿ya no eres un ciudadano protegido por el “Estado nacional”? ¡Hasta dónde hemos llegado! Y lo que ya se mete de lleno en la estupidez es cuando los “nacionalistas” (que son todos iguales, sean senegaleses, españoles o catalanes) te acusan de ser nacionalista de otra nación si no eres nacionalista de la suya. No sé si me explico.

 

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