El Javo y el bebé

El bebé miraba a Javo con sus enormes ojos abiertos de par en par. Era un crío pequeño, claro, metido en su cuna como si estuviera en el fondo de un pozo. A su alrededor se amontonaban los muñecos; los había de todos los colores y las formas, desde una especie de enano con casco, de plástico rojo, hasta ositos, perritos y ranitas de peluche. A Javo le dio la impresión del cajón de los juguetes y el pequeño renacuajo uno más, sólo que se movía, babeaba y le miraba con sus grandes ojos oscuros.

Javo se acercó hasta la cuna y se arrodilló en el suelo. Llevaba el porro en la boca y el humo le veló por un instante los ojos inmensamente abiertos del bebé.

– ¿Quieres un poco? –dijo y luego soltó una breve risa histérica.

Se quedó un rato mirando el chupete que se movía rítmicamente en la boca del crío. Era también de plástico, o algo así, blanco y verde, con unos agujeritos por los que salía la baba, acuosa y transparente. Aspiró profundamente el humo del canuto y luego aplastó la pequeña colilla contra el suelo de gres. Era un suelo vulgar, de esos que no se ven las manchas y las colillas. Y el piso también era vulgar, pequeño, lleno de fotos horribles, de cuadros enmarcando láminas de calendario y de lámparas de Ikea.

Se levantó con cuidado y fue hasta la nevera que ocupaba casi toda la mini cocina. Cogió una lata de cerveza y la abrió con tan mala suerte que se echó la mitad encima…

-¡Me cago en la hostia! –gritó. Salió de la cocina refunfuñando y se acercó hasta el equipo de música. Por instante se quedó alucinado mirando las lucecitas y los botones. Se acercó como si quisiera husmearlo y rozó con el dedo un botón azulado que parecía querer llamar su atención. El resultado fue un estruendo que casi le tira de espaldas. Apenas si pudo volver a tocar el mismo botón para apagarlo y entonces el crío se puso a llorar.

-No. Joder, ahora tú, no.

Se acercó hasta la cuna y observó el bebé, ahora con la cara deformada, los ojos cerrados y llorando de un modo histérico.

-No, hostia, no llores, tío. Que no iba contigo. –meneó torpemente la cuna y eso sólo consiguió que el enano llorara más fuerte.

-Que te calles, joder. No hay para tanto.

Por toda respuesta el bebé gritó mas fuerte mientras las lágrimas le brotaban impetuosas y le chorreaban por las mejillas.

-¡Me cago en la puta! –gritó Javo y echó un largo trago de cerveza- ¿por qué me meteré yo en estos líos? Joder, sin curro, una tía separada, con un crío… y aquí haciendo de niñera. ¡Cállate, joder!

El bebé lloraba y lloraba. Javo se puso de pie y casi se le cae la cerveza de las manos. La apuró de un trago y luego se agarró al borde de la cuna. El bebé era como un monstruo deforme y casi líquido. Las lágrimas le encharcaban la cara, el chupete se le había caído y su boca sin dientes se abría como una amenaza soltando unos aullidos histéricos.

-No me jodas chaval, no me hagas esto. Joder, yo nunca he querido un crío, ¿por qué tengo que cargar contigo? No me llores, hostia. Cállate, venga enano de mierda, ¡cállate!

Se fue a la cocina. Abrió el grifo del fregadero y metió la cabeza bajo el chorro. Por un momento el frescor del agua y el ruido de las cañerías se impuso al llanto y Javo disfrutó de la paz, pero nada más cerrarlo se dio cuenta de que nada había cambiado. Era un grito agudo que subía de tono, se elevaba cada vez más potente y luego se paraba en seco para volver a empezar otra vez. Al cabo de unos instantes, Javo le había cogido el ritmo y era capaz de seguir mentalmente los momentos de cambio de tono, el ritmo, la cadencia y el volumen. Intentó distraerse pensando en otra cosa y mirando los objetos de la cocina. En la pared, sujetos con una barra imantada, estaban los cuchillos. A la derecha la cocina de gas y un poco más lejos el fregadero, limpio y brillante. Había armarios con puertas de cristal, botes de galletas y de café, pero el crío no se callaba.

-Cállate, cállate –dijo en voz baja. Se volvió de cara a la cuna y de dos zancadas se colocó ante ella.

-¡Se acabó!, ¿te vas a callar o te doy dos hostias? O lo que sea que se les da a los críos. ¡Joder!

Por toda respuesta el bebé intensificó sus aullidos, cada vez más fuertes. Pero esa vez fue demasiado. De pronto la cara se le volvió cárdena, su respiración se quedó atascada en una subida de tono y el Javo sintió un pánico que le dejó paralizado. Casi sin quererlo, de su garganta le salió un grito y luego se abalanzó sobre el bebé sacándolo de la cuna de un tirón.

-¡Respira jodido!, -gritó fuera de sí- ¡respira! –Lo sacudió como una hoja y de improviso el bebé estalló en un grito que volvió a disparar el pánico de Javo. Se quedó paralizado, de pie, con el bebé gritón cogido convulsivamente por las axilas, los brazos estirados e incapaz de hacer ningún otro movimiento.

-La madre que te parió. De poco te ahogas, cabrón. Me podías haber matado del susto. Cállate, hostia. Cállate que te vas a ahogar otra vez. Que te calles, ¡que te calles! ¡No, no!, calla, no te gritaré más, joder. Ahora te dejo en tu cuna. Ahora. ¡La hostia! Y todo por echar un polvo. Yo sólo quería echar un polvo con tu madre… cabroncete… quédate ahí…

Por un momento, Javo pensó que todo iba bien y que el crío se quedaría quieto y callado. Al fin y al cabo era como estaba al príncipio cuando ella le dijo: ¿lo ves? Es muy bueno, siempre está callado. Luego le das el biberón y se queda dormido. Ya verás. A las tres y media estoy aquí.

Pero no, apenas lo había dejado en la cuna cuando el crío estalló en un nuevo llanto, más fuerte, más alto, mas agudo.

-¡Crío de mierda!, pero ahora que te pasa. ¡Cállate, joder! ¡Calla, calla, calla! Pero, ¿por qué a mi? ¿por qué? –se preguntó Javo mientras daba vueltas por el pequeño salón. El sol entraba a raudales por el balcón e iluminaba una estancia pequeña y desordenada. Todo olía a bebé; el baño a Nenuco, la cocina a leche, el salón a ese olor indefinible de los críos. ¿Siempre huele así?, le había preguntado a Sandra el primer día que entró en su casa. ¿Así, cómo?, le dijo ella. Luego no le importó cómo olía porque hacérselo con ella había sido la cosa más fantástica de su vida. Sandra era la ternura en persona, y el sexo en estado puro, y el placer. Lo era todo. Por eso había aceptado irse a vivir allí, los tres; mamá, el niño y él. Así te tengo a mano, le dijo ella. Pero estaba el crío.

-¿Y sigues llorando, mamón? Pero qué te he hecho yo. ¿Qué te hecho yo? –se lanzó sobre su chaqueta de piel colgada en el recibidor y sacó el último pellizco de chocolate. Se lió otro porro mientas murmuraba contra el crío –mamón, llora lo que quieras, no te voy a hacer caso. Y te va a dar de comer tu puta madre.

Pero era como un taladro, un tornillo que se fuera metiendo en el cerebro, vuelta a vuelta. Javo intentó imitar el sonido que hacía el llanto, una especie de gueee, gueeee, contínuo, incansable que ni el humo de la maría podía con él.

-Cabrón, cabrón. Te voy a ahogar si no te callas. Mamón. Yo no sé qué hacer contigo, yo no quiero un crío. Tu madre está muy buena, pero yo no quiero aguantarte a ti. Si tuviera un curro no estaría aquí aguantando tu mierda. ¡Joder! Ahora hueles a mierda. ¡La madre que te parió! –Javo corrió hacia el pequeño baño y vomitó sobre la taza del water. -¡Joder! –gritó con todas sus fuerzas. El crío seguía llorando. Por un momento también él estuvo a punto de echarse a llorar. Respiró hondo, tratando de olvidar el olor del crío y el de su propio vómito. Se levantó, se lavó la cara con agua fría y trató de serenarse. Pero seguía llorando.

-Mira –le gritó apuntándole con el dedo- ¡Dios!, cómo hueles. ¡De puta madre! Ahora te cagas. Te mataré, jodido crío. ¡Oh!, mierda, cállate, vamos. Toma –cogió el chupete y se lo colocó en la boca, pero con un aullido más fuerte, el crío lo escupió.

-Puta mierda –dijo Javo en voz baja- Aspiró con fuerza el humo del porro y luego se quedó mirando al techo. El llanto era más fuerte por momentos. Javo abrió los brazos en cruz y se volvió de cara al sol que entraba por la ventana. Los brazos tatuados, al descubierto, recibieron los rayos iluminando mil escenas en rojo y azul. Cerró los ojos y dejó que su cerebro se llenara de llanto, de gritos, aaaah. Aahhhh.

-¡Dios! No lo aguantaré. Me voy antes de chafarte la cabeza, cabrón. Me largo tío. ¡que te jodan!

De un manotazo descolgó la chaqueta y con la mano en el pomo de la puerta, como si hubiera sido un resorte, el llanto cesó de golpe.

Javo se quedó quieto, sin atreverse a dar un paso. Volvió hasta el salón y se asomó despacio a la cuna. El bebé volvía a mirarle con sus enormes ojos oscuros. Misteriosamente, el chupete había vuelto a su boca y se movía compulsivamente, aspirado con fuerza. Dos gruesos lagrimones le caían por las mejillas y olía como una letrina de estación de tren.

-¿Te has callado, mamoncete? –dijo Javo en voz muy baja. Le miró y casi vio odio en los ojos negros y abiertos- Este crío me odia, se dijo, míralo el mamón. Sabe que no soy su padre y me odia. Pues, ¡jódete! No soy tu padre, ¿te enteras pequeño imbécil? Tu padre era un borracho de mierda que se largó para no aguantarte. ¡Jódete! Y tu madre se ha tirado a todo lo que se movía, hasta a mí. Mamón de mierda. ¿Y el canuto?, ¿qué he hecho con el canuto?

Se revolvió sobre sí mismo, sin verlo y se echó al suelo para buscarlo.

-Mamón de mierda. Tu padre se largó porque no te aguantaba. ¿Dónde está el canuto? Cagón, cagón. Hueles que apestas. Como llores otra vez…. ¿dónde está? Era el último. Tu jodido padre. Yo no soy tu padre, imbécil, no tengo por qué aguantarte, enano de mierda… ¿y mi canuto?

Y entonces ocurrió. Otra vez, sin que nada lo hiciera esperar, el crío estalló en otro llanto tan fuerte que Javo soltó un aullido. Se levantó con un bufido gritando ¡calla!, ¡calla! Y su cabeza fue a estrellarse contra el canto de la mesa con un ruido seco y brutal. Fue como si un vendaval ardiente le hubiera entrado en la cabeza. Se quedó parado frente a la cuna, con el horrible dolor que le atravesaba el cerebro de parte a parte viendo ante él la cara roja y arrugada del crío, sus ojos cerrados y goteando, la boca vacía y roja, las manos extendidas temblando, el olor nauseabundo y los horribles muñecos como si se estuviera riendo de él. Calla, calla, calla, calla, ¡calla! ¡¡¡¡¡Calla!!!!!

Con los ojos desorbitados, Javo se precipitó hacia la cocina.

 

El ascensor no hizo caso a sus súplicas, así que Sandra tuvo que subir a pie los cuatro pisos, tirando de la pesada bolsa de plástico llena de comida. La falda, estrecha y corta le impedía moverse con soltura y el pelo le caía sobre la cara. Hacía calor y no veía el momento de quitarse los zapatos, meterse bajo la ducha fría y dejar que Javo le masajeara los pies. No me podré tacones nunca más, se dijo, mientras busacaba la llave en el bolso. No llamaré, le había dicho a Javo, por si duerme el niño. ¿Lo cuidarás bien? Es un buen chiico. No llora nunca y duerme mucho.

La casa estaba en silencio y la persiana del salón bajada. Se quedó quieta en el pasillo, mirando hacia el salón en penumbra, hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Javo estaba echado en el sofá, sin camisa; sobre él, boca abajo, su bebé, desnudo, sorbiendo el chupete, con una manita colgando y la otra recogida cerca de la cara de Javo. Los dos estaban dormidos, profundamente dormidos y Sandra sintió que se le escapaban las lágrimas de emoción. A un lado, en el suelo, había un montón de pañales sucios y la esponja flotaba en el agua jabonosa de la palangana.