
Ante una situación como la que se da en este momento en Oriente Medio, sucede, como en situaciones semejantes, que aparecen infinidad de “expertos” que, ante las cámaras o los micrófonos, en las redes sociales o en los anticuados medios escritos dan su opinión sobre un asunto que desde luego no tiene nada de sencillo. Así pues esos expertos o cualquiera de nosotros nos enfrentamos al riesgo de oír o emitir una opinión sin los suficientes conocimientos para lo que se llama “sentar cátedra”. Hanna Arendt afirma en su libro “¿Qué es la política?” que tenemos el derecho a emitir un prejuicio siempre y cuando tengamos presente que es eso, un prejuicio, no un juicio y que siempre ha de estar abierto a la aceptación de otras opiniones y al conocimiento posterior de qué estamos hablando. Un prejuicio aceptable es, como dice Arendt, cuando uno lo acompaña de ”me parece”, “yo diría que…” o “según creo”, no como una afirmación taxativa y dictatorial como si lo tuviéramos absolutamente claro e indiscutible. Si digo que “hoy va a hacer un buen día”, tal vez debo aceptar que a lo mejor estoy equivocado y que mi prejuicio debe esperar hasta la noche para poder ser un juicio sin discusión. Hoy ha sido un buen día. Dicho esto, hablemos de la guerra contra Irán. Por lo que yo sé estamos ante dos hechos que sí me parecen evidentes, uno que, desde un punto de vista histórico y geográfico estamos en un terreno en conflicto permanente desde que hay textos históricos, en piedra, en pergaminos o en cualquier otro soporte. Tierra con muchos recursos, lugar de paso entre dos continentes, el fecundo y transitable mar Mediterráneo y el origen de las civilizaciones y religiones más destacadas de lo que se ha dado en llamar el mundo occidental. Todos los pueblos desde los confines de la antigua Persia hasta las costas occidentales de Grecia y más allá han sufrido una guerra tras otra desde que hay memoria. Sí, es cierto que en otros puntos del planeta también, pero la reseña escrita de los conflictos en esta zona nos ha llegado mucho más ampliamente que cualquier otra. Desde el punto de vista histórico es también cosa sabida, creo, el estado de guerra permanente entre el antiguo imperio persa por un lado y el occidente griego por el otro, acentuado posteriormente por las tres religiones monoteístas e irreconciliables, judíos, cristianos y musulmanes, todos del mismo origen y odiándose más que Caín y Abel (para entendernos). A todo esto no hay que ser muy listo para saber que el comercio internacional, el gas y el petróleo y alguna otra mercancía innombrable están en el centro de la discusión, sin establecer grandes diferencias de otros tiempos con algo como la ruta de la seda o el agua del Tigris y el Éufrates. Las paranoias nacionalistas y las religiosas es cierto que tienen un protagonismo pero si hemos de ser sinceros solo son importantes para una minoría (o mayoría) ignorante y que vive en la inopia, pero no para los verdaderos actores del desastre. Así pues, sin irse más allá, en 1948 se estableció un nuevo estado en un territorio donde, mira por dónde, se acababan de establecer otra media docena de estados tras desmontar un enorme imperio. Al mismo tiempo se empieza a excavar por toda la zona a la búsqueda del oro negro. Judíos, compañías petroleras, yihadistas, racistas, franceses, testigos de Jehová, británicos, un Sha, la Unión de Repúblicas Putinistas Soviéticas, toda una orquesta, una especie de ensalada incomible que no puede acabar bien hasta que los protagonistas se conviertan en seres inteligentes, algo que en la Casa Rosada de Buenos Aires, en Teherán, en la Casa Blanca o en el Kremlin parece imposible. Y llegados a ese punto entra en juego mi amigo Loquillo. “¿Para qué discutir si puedes pelear?”.
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